martes, 20 de marzo de 2018

El hombre pez (3) José Antonio Abella. Atarse a la vida.





"Como a mí me pasó, que por ganar dos ochavos perdí la mano"

El hombre pez (3) 
José Antonio Abella 

El párroco de Liérganes, don Juan de la Rañada, le explica a María del Casar que su hijo Francisco es “Tardo, pero no lerdo.” Lo entiende todo, pero más tarde. Hace las cosas aunque sea más despacio; a excepción -eso sí- de lo relacionado con el agua,  como nadar, bucear o pescar. En eso es campeón. Un niño trasparente, sin doblez, de bondad espontánea que como no enseña los dientes, se ríen de él. 

Irán desfilando por la novela personajes típicos de la época, como el veterano de los tercios de Flandes o el mendigo de Bilbao, además de los vistos como los frailes de Cádiz o el exorcista. La figura del veterano de guerra es respetada en las sociedades que tienen el norte definido. Un soldado que sobrevive a una guerra enciende la imaginación de los que la viven de lejos. Uno recuerda la fascinación que ejercía en los niños de entonces la figura de un señor mayor del que decían que había estado en la guerra de Cuba. Vivía solo en una casa de la misma calle. Su presencia, mandona como un venerable general retirado, infundía respeto. O aquellos letreros en los asientos del metro de Madrid que decían: “Reservado caballeros mutilados.” 

En el caso que nos ocupa, se trata de un soldado de los tercios de Flandes. Estos veteranos eran admirados en la época porque habían visto mundo, cuando se tardaban tres jornadas en recorrer la distancia de Liérganes a Bilbao. Tuerto y cojo, herido en el asedio de Lille. Resobrino del párroco de Liérganes, se presenta en el pueblo el día de Corpus. Ha llegado al puerto de Laredo en un barco de los usados para transportar lana de las ovejas castellanas y de vuelta traer de Flandes productos manufacturados. El puerto de Laredo del que partieron las naves el veintiuno de agosto de 1496 para llevar a la infanta doña Juana, hija de los Reyes Católicos, a casarse con Felipe el Hermoso. De vuelta traer a la infanta doña Margarita para casarse con el príncipe Juan, malogrado heredero. Un soldado con más hambre que gloria, un poco raro porque trae libros en la mochila en una sociedad en la que el noventa por ciento son analfabetos. Cipriano Salcedo o Cervantes que también fue soldado en la más alta ocasión que vieron los siglos. Alberga la esperanza de sacar algún dinero porque son libros prohibidos en España. Como tal, escasos y difíciles de encontrar, más caros de lo normal; por lo tanto,  más buscados y más leídos. Siempre pasa eso. La secreta aspiración a la polémica de los artistas, despertar la latente, legendaria torpeza de los gobernantes ávidos de censurar y prohibir cualquier manifestación cultural o literaria para que se convierta en éxito explosivo, como las fotos censuradas de ARCO o la prohibición de las imágenes de toreros de Barcelona. Volver a prohibir escritores como hoy propone un sindicato obrero. Manda huevos, tanto caminar para volver al mismo sitio. 




"Incluso permitió vadear el Rhin a la caballería de Luis XIV en su guerra con Holanda"

Entre los libros que traía escondidos en el petate estaban las dos partes del Lazarillo de Tormes sin censurar. El libro mutilado había sido una de las lecturas favoritas de niño. Lo tiene de libro de cabecera a pesar de las advertencias del tío cura. Lo utiliza para enseñar a leer a algunos niños pobres del pueblo, entre ellos los hijos de María del Casar. A menudo les lee capítulos de la obra y los niños están entusiasmados con las aventuras de Lázaro. Lo que más les enciende la imaginación, sobre todo a Francisco, es cuando Lázaro se convierte en atún. De un día para otro desaparece igual que apareció, sin decir nada a nadie y dejando profunda huella en los chiquillos, Francisco entre ellos, callado y tranquilo pero con la mente llena de ruidos, elocuente a partir de ese momento. 

Si el año 1672 fue un annus horribilis para toda Europa, se pueden imaginar para España. Ya en aquel tiempo cuando allí tosían, aquí nos entraba una pulmonía mortal. La sequía extrema permite a la caballería de Luis XIV vadear el Rhin. La constante falta de agua de las tierras de labor españolas, a medio camino entre las campiñas europeas y los desiertos africanos, llegó aquel año a los valles verdes de Cantabria que se mudaron pardos como en la Castilla seca. Se perdieron las cosechas; como consecuencia, la hambruna y las enfermedades golpearon con fuerza a la población. 

El rey Carlos II contaba con once años y apenas se tenía en pie. España estaba gobernada por validos a los que les interesaba más que el rey tuviera heredero que las penurias de la población. Un buhonero trae una solución parcial al problema en casa de la viuda. Le propone a la madre llevar a un hijo a Bilbao para que aprenda el oficio de hacer barcos. Francisco, de doce años de edad, se presenta voluntario porque ve la necesidad de aliviar de una boca a la escuálida economía familiar. La madre acepta a pesar del dolor de desprenderse de sus hijos, pues ya el mayor se había ido al seminario. Además echará de menos las truchas frescas que Francisco pescaba a diario en el río y que quitaban mucha hambre en la casa. Don Juan el cura también apoya la marcha, al fin y al cabo recriarse en Bilbao no debe ser tan diferente, sólo está a treinta leguas de camino. 




"Nunca había contemplado cosa semejante"

La perrita canela es la única de la casa del buhonero que recibe bien a Francisco. La mujer del buhonero les agría la llegada, el huésped significa una boca más en una casa en la que no sobra demasiado. La primera noche duerme en la cuadra al lado del mulo que le calienta con su aliento, no le dan ni una manta siquiera. Sólo Bibiñe, la hija mayor, le trae un poco de tocino con pan que le permite engañar el hambre. Le gusta el pelirrojo de ojos azules. A cambio recibe la reprimenda del padre que no quiere obras de misericordia con un niño en su casa. Palabras como bombas de mano: lo matará si lo vuelve a ver con Bibiñe

El buhonero lo despide después de misa al día siguiente. Que se busque la vida para comer y que se presente en la casa al anochecer. Debe estar fresco para buscar trabajo al amanecer. Queda como criatura indefensa en la ciudad, sobre todo para quien el mundo conocido no pasa del valle de Liérganes y las pozas del río Miera. Pasa uno de los días más felices de su vida al lado de Perucho, adolescente de su edad, pobre de pedir tullido que enseña el muñón de su mano derecha para dar más pena. Le cuenta que perdió la mano en el astillero cuando aserraba unas cuadernas para un barco. Le enseña a buscarse la vida entre los hampones, la picaresca en el planeta de los descartados, a sobrevivir sin trabajar. Le sorprende la suciedad y malos olores de la gran ciudad. La gente tiraba las inmundicias en las calles al no haber huertos ni corrales como en Liérganes. ¡A ver dónde iban a tirar! Además sin gallinas sueltas como en los pueblos, perfectas máquinas de reciclar porque todo se lo comen. En esto hemos retrocedido a esos años, ahora con las heces de los perros. Obligatorio mirar dónde pisas si no quieres el regalito oloroso. También es verdad que la gente ya no suele escupir tanto como entonces por las calles, mascaban el tabaco y lo escupían todo el rato. Excepto los futbolistas por televisión, hay que ver las veces que escupen a lo largo de un partido.Un día inolvidable de  "Pan, vino y tabaco" o Guggenheim para atarse a la vida por las calles de Bilbao.  


Qué tiene tu veneno 
Que me quita la vida sólo con un beso 
Y me lleva a la luna 
Y me ofrece la droga que todo lo cura. 
Dependencia bendita 
Invisible cadena que me ata a la vida 
Y en momentos oscuros 
Palmadita en la espalda y ya estoy más 
seguro
Fito&Fitipaldis



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


martes, 13 de marzo de 2018

El hombre pez (2) Jose Antonio Abella. La vida alrededor.





"Hijo del agua"

El hombre pez (2) 
Jose Antonio Abella 

Un fraile dominico de aspecto tenebroso se presenta en el convento gaditano veinte días más tarde, cuando el obispo casi se había olvidado del asunto del hombre marino. Cocido a fuego lento en mil batallas contra el diablo, el mejor exorcista de Andalucía a juicio del arzobispo de Sevilla. Su sola presencia impone respeto sobrehumano; su aliento, pánico. Con las primeras claridades del día, cuando los diablos están cansados de la noche y más descuidados les cae encima el exorcista con todas sus armas: el crucifijo en una mano y en la otra el hisopo de agua bendita que moja en el calderillo de vez en cuando para rociar la espalda cubierta de rugosidades del hombre pez. “Pan, vino, tabaco” es lo que obtiene por toda respuesta de la retórica de combatir diablos del fraile dominico. La réplica enciende al exorcista al creer que se burla de él. La tensión del momento le pone al rojo vivo todos los marcadores y le da un vahído. Los buenos cuidados de los frailes franciscanos durante varios días recuperan el cuerpo desmayado del dominico y poco a poco lo van sacando de la depresión por el fracaso con el diablo. El exorcista, que nunca da por perdido un combate, se castiga por la derrota, se entrega a la flagelación y la disciplina. Una semana a pan y agua para fortalecer el espíritu. 

Mientras tanto los frailes compran una tinaja enorme a un tabernero vecino. En su interior caben tres personas con holgura. La llenan de agua con gran trabajo y el exorcista la bendice con sales del mar Muerto bendecidas por el Papa. El propósito del exorcista es hacerle una inmersión completa al hombre pez para ver si los demonios son capaces de resistir tanta agua bendita. Lo que ocurre no es para contarlo, hay que leer para creer porque tampoco lo contaron los testigos. El amor está en el agua, vivir para cantarlo. 

Al día siguiente del exorcismo frustrado llega carta en el correo de Madrid. Don Domingo de la Cantolla da cuenta de otra recibida del párroco de Liérganes en la que se puede leer que cinco años atrás Francisco de la Vega y del Casar había desaparecido en la ría de Portugalete. Francisco era hijo de una familia de labradores pobres de la villa. Siete años atrás sus padres lo habían enviado a Bilbao a que aprendiera el oficio de construir barcos. 

La novela pega un volantazo, el autor nos traslada de lugar y tiempo, de las arenas del sur caliente a las tierras del norte agreste. De la vida monacal en un convento franciscano en el que las necesidades básicas bien cubiertas permite a sus moradores dedicar el tiempo a la poesía mística, pasamos a la prosa sin corsé y más pedestre de una familia de labradores de pocas tierras en la que los padres tienen que espabilar para dar de comer a los vástagos en un invierno seco de hielos agresivos que dejan tierras estériles, duras como un camino. En los libros de historia saldrán los tejemanejes del rey Felipe IV para dejar heredero, incluso que ese febrero padecía estreñimiento a causa de unas hemorroides que le traen a mal traer. De los pinceles de Velázquez sale su último óleo, (muere en el mes de agosto de 1660): el retrato de Felipe Próspero, heredero del trono malogrado a los tres años de edad. 


Felipe Próspero
Diego Velázquez
Kunsthistorisches Museum de Viena

Como ya hemos señalado, Francisco nace en febrero, apenas mes y algo después del fallecimiento de su padre en un accidente laboral. Fuego y agua, elementos fundacionales de la vida e ingredientes activos de esta novela. Incinerado queda en una carbonera de los montes de Vizcaya. Actividad a la que se dedica en los inviernos para complementar los magros ingresos de la agricultura. Si nos fijamos un poco, vemos que el autor repite la técnica narrativa. Primero da la fecha de un suceso y luego nos cuenta qué pasa hasta llegar a ella. María ya siente síntomas de parto cuando coge la tabla y el cesto de la ropa para irse a lavar. Normalmente lo hace en la puente del batán, pero esa mañana baja hasta el río porque del hueco de un fresno que flanquea el camino sale un intenso olor a gato muerto. Allí junto a la poza grande donde se bañan los niños en verano, Modesta la molinera la descubre junto a un recién nacido que ni llora ni respira entre las piernas. Ella lo pone boca abajo, le da unos azotes en la espalda hasta que “rompe a llorar con un berrido agudo y desesperado, creciente y perturbador como el maullido de los gatos durante la cópula.” Así paren las madres, así venimos al mundo, como los animales. Francisco nace entre los dolores de la madre desmayada y se escurre como un pez, buscando el agua, la querencia para vivir o morir. Cuando llega el cura, la partera ya lo ha reanimado y lo ha puesto a los calostros de la madre. Lo bautizan la tarde del domingo como era costumbre: bautizar enseguida para que si el niño muere vaya al cielo y no al limbo de los justos, saturado de almas inocentes. 

El día del bautismo berrea como un condenado y vuelta a buscar su querencia en el agua desde bien pequeño. Se le escurre al padrino y cae en la pila del agua bendita. Y he aquí que nadar como un batracio y parar de llorar es todo uno. El Santo Oficio prohíbe hablar de este anecdótico suceso, no fuera a ser que algún inquisidor posterior lo relacionara con un oscuro episodio de herejía que se le hizo en 1734 a Fray Juan de la Vega, descendiente de Francisco, que fue acusado de molinesista, seguidor del escritor y teólogo Miguel de Molinos y su quietismo. 




"Los frailes del convento de San Francisco pensaban elaborar un vino secreto, mejor que los de Jerez" 


Francisco padre siempre decía que ya no hacía el frío de antes. Él, que había nacido con el siglo, recordaba el invierno de 1624, en el que se candaron todos los ríos de España, los grandes y los chicos. El hielo rompió las barcas de un puente para pasar el Ebro en Tortosa. Aquel invierno tampoco dejó de nevar. Él se iba al monte, a las carboneras, dejando a su mujer en casa, de nuevo embarazada, con la lechigada de hijos. No era el frío lo que le congelaba el alma, sino la pujante juventud de ella. Contaba ya cincuenta años cuando se la ofrecieron por esposa. María del Casar tenía dieciséis años y un hijo desde que salió de casa a servir en otra casa de ricos. Aunque los hijos, la poca comida y el mucho trabajo la avejentaran pronto, sin embargo, nunca tanto como a Francisco que se llenaba de un día para otro de los achaques propios de la edad. A Francisco le llevan los demonios que Anselmo, compañero de monte y carboneras, le advierta que debe guardar el rebaño si no quiere ver que se lo come el lobo. Las nieves de noviembre son traicioneras, tronchan muchas ramas de los árboles, le hunden el tejado de la choza y le dislocan el tobillo. Bajan a Francisco cojo y durante el mes y medio en cama se le disipan las nieblas de la sospecha sobre la fidelidad de su mujer y tiene tiempo de pensar en los hijos. Quiere que estudien y aprendan lo que ellos no pudieron. Así se lo pide al cura, don Juan de la Rañada, que accede como hombre de bondad espontánea a enseñarles a leer y a escribir con la esperanza de ganarlos para su causa y que alguno de los cuatro hermanos pase a engrosar las filas del clero. 

La infancia de Francisco transcurre feliz. El relato de la niñez de Francisco podría ser un cuento independiente, lectura para niños con planteamiento, nudo, desenlace, misterio y moraleja. Una preciosa historia adaptada a la edad de los protagonistas que tiene de todo: bullying en las calles y matonismo submarino. Los veranos va a bañarse a las pozas del río, al cuidado de los hermanos mayores. Cuando tenía dos años, cuando aún no andaba porque tenía retraso en la movilidad, ya gatea a la poza para nadar sin que nadie le enseñe, para enfado de la madre que recuerda que casi se le ahoga al nacer. 

Después la historia del hijo del alcalde, Quinquicinco (con rima consonante y ripiosa como “La talla treinta y ocho me aprieta el…”). Cómo Francisco le gana cuatro reales y como consecuencia sufre el acoso del hijo de la autoridad y sus secuaces, mozalbetes de unos catorce o quince años, puro rencor, que no soporta que un niño le haya dejado en ridículo. Y la cruz de la moneda cuando Quinquicinco urde un plan para rescatar las coronas de plata de la Virgen Blanca y del Niño Jesús que desaparecen de la iglesia y le echa la culpa al Ojáncano, un habitante legendario de los bosques más tupidos de Cantabria y de las pozas más hondas de Peña Cabarga. Consigue que desaparezca la segunda parte de la rima y queda como el héroe para la gente de Liérganes.


El tren de ayer se aleja, el tiempo pasa, 
la vida alrededor ya no es tan mía, 
desde el observatorio de mi casa 
la fiesta se resfría.
Joaquín Sabina



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

lunes, 5 de marzo de 2018

El hombre pez. Jose Antonio Abella. Como el agua clara.




"Así fue como pudieron capturar al hombre pez. Entretenido en los trozos de pan que le lanzaban, no se percató de que las cuatro barcas habían cerrado con sigilo una almadraba en torno a él" 


El hombre pez 
Jose Antonio Abella 

Los hechos que se narran en “El hombre pez” ocurren en España durante la segunda mitad del siglo XVII; es decir, en el Siglo de Oro para la literatura y el arte; o Siglo del Barroco, tomado éste no sólo como estilo artístico, también como referencia a toda una época de la cultura europea. Una voz narradora en tercera persona acompaña la lectura dejando tras de sí  una sensación de orden. Eso sí, el esfuerzo del narrador por darle voz al hombre pez que es casi mudo es encomiable y digno de resaltar. Una voz narradora que hace de lazarillo al mutismo del protagonista, una guía que traslada la voz silenciosa del hombre pez a los lectores. El autor utiliza con habilidad el recurso epistolar para tejer el avance de la acción. 

Conviene dar unos apuntes sobre el contexto político, social y artístico del periodo para comprender un poco mejor los hechos que se narran en el relato, porque a pesar de que  parezcan extraños o fantásticos, no dejan de ser producto de su tiempo y las historias miradas con ojos permeables y adaptados al momento en el que ocurren encajan mejor que las historias examinadas con sañuda mirada de dron contemporáneo. El Barroco corresponde con un periodo histórico de enorme desarrollo cultural en el que sobresalen algunos de los artistas y científicos más destacados de la historia como Diego Velázquez (1599-1660), Rembrandt (1606-1669), Locke (1632-1704), Vermeer (1642-1675) o Newton (1642-1727). Lo cual no puede hacernos olvidar los horrores de las guerras que ensangrentaron los campos y ciudades europeas y trajeron periodos de hambrunas y epidemias que diezmaron la población. 

Las reinas y los reyes ostentaban un poder inmenso en la Europa del siglo XVII. Como muestra, el botón francés de Luis XIV, llamado el Rey Sol a semejanza del Dios Apolo por el apoyo que prestó a las artes y a la cultura. Reinó de 1638 a 1715, años en los que Francia floreció en la cumbre como el “sol con uñas.” Hasta se le suicidaban los cocineros cuando sus platos no conseguían la aprobación del monarca. Pero en Inglaterra, siempre tan suyos, siempre inventando leyendas negras españolas, las tropas victoriosas comandadas por Cromwell decapitaron al monarca Carlos I por traición en 1649. En 1680 se extinguía el pájaro dodo en Australia. No sería difícil que el hombre marino y sus delfines se cruzaran con algún barco negrero portugués camino del puerto de Lagos, en El Algarve, donde distribuían la carga de esclavos para toda Europa. En algún lugar del viejo mundo Stradivarius (1644-1737) perfeccionó el arte de la fabricación de violines para extraer a la madera tonalidades musicales no usadas hasta entonces. Lo que nunca se ha descubierto es el secreto del barniz utilizado por el célebre lutier. 





Durante el siglo XVII España estuvo gobernada por una monarquía absolutista. Reinaron los llamados Austrias menores, Felipe III (1598-1621), Felipe IV (1621-1665) y Carlos II (1665-1700). El imperio español ya era un gigante con pies de barro, la sociedad empobrecida se veía incapaz de mantener el esfuerzo bélico requerido por los distintos frentes de un imperio donde no se ponía el sol. Las guerras eran una sangría económica que empobrecía las sociedades y tierras peninsulares. La población española rondaba los ocho millones de habitantes a principios del siglo XVII y no hizo otra cosa que disminuir durante el Siglo de Oro como consecuencia de las numerosas dificultades del siglo. La ciudad más poblada era Sevilla, centro del comercio con América. Aunque Carlos II siempre ha tenido mala prensa, que si Rey Pasmado, que si hechizado o enclenque incapaz de dejar heredero; sin embargo, bajo su reinado se inicia una ligera recuperación económica y demográfica, claramente consecuencia de la Paz de los Pirineos de 1659 por la que terminan las pretensiones territoriales españolas en el extranjero, ajustando con buen criterio las ambiciones a los medios disponibles. 

La novela cuenta con un índice muy claro (como la autopista ancha que nos esparrama los ojos de asombro cuando los provincianos vamos a Madrid, la Villa y Corte, "rompeolas de todas las Españas") en el que seguir el hilo argumental. Podemos así recorrer paso a paso las andanzas del protagonista a lo largo de la novela sin riesgo a perdernos. Cada uno de los cuatro capítulos mayores, titulados de manera individualizada, cuenta con una entradilla, resumen del contenido al estilo de los relatos de la época a la que se refieren. Van acompañadas de unas ilustraciones deliciosas a modo de “portadillas interiores.” Unas letras capitulares de bella factura encabezan cada uno de los capítulos, dándole al conjunto un aspecto de cuidada edición. A destacar la ilustración de la portada, una sirena macho sin barbas que se alimenta de peces chicos.





"Y de nuevo el hombre pez surgió de las aguas, esta vez sin su cohorte de delfines"

El autor dedica la novela a su nieto Arturo que nació mirando al mar. Seguramente cerca del mar como Joan Manuel Serrat que nació en el Mediterráneo o el Lazarillo que dio el primer llanto en las aguas dulces del río Tormes porque su madre era molinera. Y dos citas, una del “Diario de un poeta recién casado” de Juan Ramón Jiménez relativa a la soledad del mar y la otra del Padre Feijoo referida a la historia extraña cuya narración va a comenzar y que nos dirigen a las arenas cálidas del sur peninsular, al pie de la junta de las aguas del mar Mediterráneo con las del océano Atlántico

Unos pescadores de Cádiz descubren en alta mar a un hombre que nada y se zambulle entre delfines. Le preparan una encerrona (una almadraba en argot marinero de los pescadores) entre unas cuantas barcas, lo atrapan en las redes y lo llevan a tierra firme. Es pelirrojo, de largas guedejas enmarañadas y barbas bermejas de varios días sin afeitar. Alto de estatura y musculoso de piernas y brazos de tanto batirse con las olas y las tempestades. Tatuada la piel por la naturaleza. Los pescadores lamentan que no tenga cola de pez, ya pensaban sacarle partido, pensaban pasearlo por el Mentidero y la plaza del Mercado como fenómeno de circo y retirarse de los peligros de la mar. Las rugosidades a modo de escamas que presentaba no iban a ser suficientes para dejar de pescar. Fuerte, pero manso y algo en el fondo de sus ojos que da confianza. Todas las esperanzas se derrumban al comprobar que en el puerto de pescadores los espera la autoridad; un notario de la Inquisición y un fraile franciscano se hacen cargo del hombre pez. Lo llevan a las dependencias del Santo Oficio para sonsacarle, pero lo único que sale de su boca muda, desentrenada de habla, es “Liérganes” que a ninguno de los presentes les dice nada. Al que sí le dice es a don Juan Fernández de Isla, a la sazón obispo de Cádiz y natural de Arnuero, villa situada a unas siete leguas de Liérganes, famosa por la fábrica de cañones para la armada. Advierte que si el hombre marino no ha sido acusado de herejía o judaísmo, la detención  contraviene la normativa, y eso es algo que el prelado no puede tolerar. Escribe una breve disposición para que el detenido sea trasladado al convento de San Francisco, lo cual le parece bien al notario de la Inquisición  y que sean otros los que lidien con el mudo. 




"Pensaban los pescadores pregonar su captura en el Mentidero y en la plaza del Mercado"

El obispo mueve su red de influencias y conocidos, escribe a don Domingo de la Cantolla, Secretario General de la Suprema Inquisición, que da la casualidad de ser natural de Liérganes para que recabe cualquier información sobre el caso en la zona. A vuelta de correo, quince días a caballo después, llega la respuesta de don Domingo de la Cantolla en la que se dice que con esa fecha ha escrito al párroco de Liérganes para que le cuente si ha habido noticias de algún hombre marino de piel escamosa. Total, nada que no supieran en Cádiz. Y poco más habían descubierto en el convento en el mientras tanto. Fray Servando de la Peña, compañero de celda del hombre salido del mar y experto en la poesía mística de Juan de la Cruz, dominico herido por un cervatillo huido, sólo le oye pronunciar: “Pan, vino y tabaco,” como si en vez del mar hubiera salido de una taberna. Si el medio poeta hubiera sido hombre de mar, habría sabido que era el habla de los delfines lo que él identificaba como “chasquidos de lengua, castañeteo de dientes, gorjeos cortos, como los de los gorriones, y chillidos largos, como los de ratones y conejos.” Y no hubo manera de que de sus cuerdas vocales desentrenadas al habla saliera nada más, y mira que los frailes intentaron enseñarle conceptos hondos como fe, esperanza y caridad o humildad, paciencia y castidad. Que para eso eran frailes. Pero no hubo manera. 

Otra cosa que aprendieron fue que el hombre silvestre venido del mar se aliviaba en cualquier sitio, como los perros chicos o los gatos sin domar. Un Azarías en la edad de la inocencia que dejaba los olores por donde quiera. Un día hasta mea en la pila del agua bendita para escándalo de la congregación de frailes y del obispo que ordena quitarlo de su vista para siempre. Ya no le interesa nada si viene del mar o de la luna. De Arnuero o de Liérganes. Pero he aquí que pronunciada la palabra Liérganes por el obispo como un latigazo y alzar la vista, de continuo baja, es todo uno. La mar de su infancia y una luz inmaculada, que confunde el aliento de Dios con la inocencia del hombre, sale de la mirada del hombre pez, del ángel, del diablo o de lo que sea. El obispo resuelve que la vía para asegurarse de qué tipo de ser se trata es hacerle un exorcismo, no sin antes abandonar las veredas menos transitadas,  pues por el camino angosto no se llega a ciudad grande. Al fin y al cabo nada se pierde por intentar extraer diablos de donde no los haya. De la misma forma que se puede vivir después de la extracción por equivocación de una muela sana.


Como el agua clara 
Que abaja del monte 
Así quiero verte
De día y de noche
Camarón de la Isla



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



sábado, 24 de febrero de 2018

Pedro Páramo (y 7) Juan Rulfo. Venus latina.





"Se había olvidado del sueño y del tiempo"


Pedro Páramo (y 7) 
Juan Rulfo 

La revolución villista llega a las puertas de la Media Luna. El ejército de Damasio ha crecido, ahora está al mando de más de mil hombres y se ha unido a las tropas de Pancho Villa que vienen del norte arreando parejo. No era verdad que Damasio hubiera perdido la guerra, solamente fue una escaramuza contra un pelotón de pelones que luego resultó ser todo un ejército. Vienen a pedir dinero para no tener que robar a los vecinos que son sus parientes. Mientras en Comala se mueren de hambre, ellos no vienen con hambre, dicen no más estar hartos de comer carne. La comida vegana es cara y necesitan “dinero para mercar aunque sea una gorda con chile.” Pedro Páramo le responde que él ya les dio, ahora que vaya a Contla que hierve de ricos. Buena gana de estar en la revolución si tiene que pedir limosna. Pedro Páramo se queda solo como un tronco duro desgajado por dentro mientras los hombres desfilan al trote de caballos oscuros, temblando la tierra. Piensa en Susana, en el “puñadito de carne” con el que acaba de yacer, se abraza a ella tratando de hacerla la carne de Susana San Juan. “Una mujer que no es de este mundo.” Demasiada metafísica para entenderlo, pero bueno habrá que tener fe en la literatura profunda. Un dejarse arrastrar por el vértigo del misterio y el culto a la madre naturaleza encarnada en esta mujer inalcanzable. 

La tierra vuelca la oscuridad todos los días al amanecer. Susana tiene un don, puede escuchar el chirrido de los goznes oxidados de la tierra vieja, cansada de tanto girar. La tierra chirría porque debe estar en pecado. Susana está en las últimas. Mientras Justina hace las tareas cotidianas de la casa, Susana reflexiona con ella acerca de la vida de los pájaros y la muerte que acecha, el cielo de Justina y el infierno de Susana que es la única creencia que ella confiesa. De poco vale la confesión de la noche anterior con el padre Rentería. No debe estar en gracia de Dios porque el padre tarda en traerle la comunión a la mañana siguiente. Pedro Páramo la observa retorciéndose en convulsiones, “debatiéndose como un gusano en espasmos cada vez más violentos.” Semidormida, el padre le da la extremaunción y comunión. Ella sólo se acuerda de los ratos felices pasados con Florencio antes de hundirse entre la sepultura de las sábanas, incapaz de aceptar el consuelo de la religión. 

Las señoras Ángeles y Fausta comentan las vísperas de Navidad que es raro que la ventana de la Media Luna donde habita Susana esté apagada. Les extraña porque la han visto siempre encendida desde hace tres años, dicen que la pobrecita loca teme mucho la oscuridad. Sospechan que algo malo debe pasar porque ven al doctor Valencia correteando de prisa a la Media Luna y después encenderse la luz. Pedro Páramo se merece todo lo malo que le pase y más, pero ella no, nadie desea que se vaya sin los auxilios espirituales y que siga penando en la otra vida. Lo que a ellas les preocupa más es que todo el trabajo que han echado en arreglar la iglesia para que luzca en la Navidad se eche a perder si alguien muere en el entretiempo. Le rezarán un avemaría a la virgen y que sea lo que Dios quiera. El silencio cierra la noche en el pueblo. 




"Sentirás como si tu misma te arrullaras. Y ya que te duermas nadie te despertará..."

Susana San Juan muere en la cama. Muere con una sonrisa dibujada en la boca cuando la respiración se le corta para siempre. Observada y asistida desde el fondo del cubículo por Pedro Páramo, el doctor Valencia y el grupo de mujeres a las que les falta tiempo para llorar y entonar a coro oraciones de difuntos. Desde más cerca la auxilia el padre Rentería, no quiere darle los sacramentos hasta no medir el grado de arrepentimiento. Como depositario de la rígida ortodoxia moral, se empeña en obtenerlo con un tono amenazador, a través de meterle el miedo y la tierra en el cuerpo. Le hace repetir: “Tengo la boca llena de tierra.” Ante la resistencia firme de Susana, le ofrece la visión posterior a la última soledad. El cuerpo desmadejado, abandonado y comido por enjambres de gusanos rebullendo entre vísceras y partes blandas, descarnando los huesos y la visión gozosa de los ojos de Dios y el deleite de ángeles, arcángeles y querubines cantando, conjugado con el dolor terrenal, el tuétano de los huesos en lumbre, las venas marcadas por hilos de fuego atizado por un Dios eternamente iracundo. “Su juicio es inhumano para los pecadores.” Sin embargo, los pensamientos de Susana son terrenales, vuelan a los momentos de amor que él le daba, a la fusión de las bocas, a los labios apretados. Las últimas palabras son para pedirle a Justina que se vaya a llorar a otra parte. Qué cervantina es esta forma de rebajar a la realidad mostrenca del día a día una tensión que estaba por las nubes, elevada a las regiones más altas del horror y la belleza cultivadas en un crisol de sensaciones contrarias. 

La mañana del ocho de diciembre sale gris, pero sin frío. Al alba empieza a sonar la campana gorda de la iglesia mayor. La siguen las demás y luego todas las campanas de todos los campanarios de Comala. Cada vez más fuerte y sin parar. A los tres días todos estaban sordos, roncos de hablarse a gritos. Comala se llena de gente y de fiesta. Hay peleas de gallos, música y cantares de borrachos. No hay manera de hacerles comprender que las campanas tocan a muerto. Entierran a Susana sin que la gente se entere, casi de incógnito. Pedro Páramo no habla sino para maldecir y jurar venganza sobre Comala por tanto desprecio. Amenaza:  “Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre.” Sentado en su equipal a un lado de la puerta grande de la Media Luna solo pensaba, olvidado del sueño y del tiempo, así se le iban los días y las noches pensando en Susana, susurrando palabras, pidiéndole que regresara moviendo los labios. 

Gamaniel Villalpando duerme la mona tumbado todo lo largo que es encima del mostrador de su tienda. Tiene la cara tapada en el hueco del sombrero para que no le molesten las moscas. La culpa la tienen unos viajantes que estuvieron bebiendo hasta el amanecer y él los acompañó por no dejarlos solos. Abundio Martínez lo intenta despertar pero nada, a Gamaniel le parece otro borracho más de la noche anterior. Le contesta destemplado por la resaca, se da media vuelta y vuelta a dormir. Lo atiende su madre, Inés Villalpando, que lo disculpa. Abundio quiere de beber, algo que ahogue las penas por la muerte de su mujer. Hasta tuvo que vender el burro para pagar el doctor, pero resultó inútil, nada se pudo hacer por salvarla. Allá la dejó a la Refugio, muertita en el patio de la casa para que le diera el relente y no se apestara tan pronto. Le vende dos decilitros por el precio de uno con la condición de que le diga antes de que se enfríe que ella la apreció en vida y que interceda por ella en el cielo. 




"Sus ojos apenas se movían; saltaban de un recuerdo a otro, desdibujando el presente."

Refugio muere sola sin nadie que la auxilie, el padre Rentería los ha dejado colgados, dejó de estar disponible cuando se echó al monte a hacer la revolución. Hasta el Tilcuate se ha unido a él, con él tienen la salvación asegurada. Abundio sale de la tienda dando estornudos y tumbos, saliéndose del pueblo por donde le llevó la vereda de atrás. Llega ante Pedro Páramo tambaleándose y le pide una caridad para enterrar a su muertita. Pedro Páramo se tapa debajo de su cobija y Damiana grita: “Están matando a don Pedro.” Gritos que le taladraban las orejas, gritos que Abundio no entendía y que lo dejaban sordo. 

Cuando vinieron aquellos hombres lo pillan con el cuchillo ensangrentado. Se aparta del camino a vomitar litros y litros de bilis. Solo acierta a decir: “Estoy borracho,” mientras se lo llevan a la rastra, haciendo surcos en la tierra con la punta de los pies, abundando en la tierra, cavando su propia tumba. 

“Todos se van,” piensa Pedro Páramo y a él sólo le queda morir del todo porque ya “estaba acostumbrado a ver morir cada día alguno de sus pedazos.” Piensa en Susana suave, restregada de luna, irisada de estrellas, reflejándose en el agua de noche y luna. Pero la realidad es montaraz y tiene la aridez de la piedra. Al querer aclarar la imagen no puede, las manos ya tienen la inmovilidad de las piedras. También se le detiene el corazón, con él, el tiempo y el aire de la vida. Sabe que en unas horas Abundio le pedirá cuentas por la ayuda que le negó y tendrá que verlo y oírlo porque ya no le quedan manos para taparse los oídos y los ojos. Tendrá miedo de quedarse solo con sus fantasmas. Damiana le despierta, el almuerzo está listo. “Voy para allá, ya voy” son las palabras postreras antes de desmoronarse como un montón de piedras en un regreso a los orígenes porque Pedro es piedra.

Me echaron de los bares 
que usaba de oficina 
y una venus latina 
me dio la extremaunción.
Joaquín Sabina


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



lunes, 19 de febrero de 2018

Pedro Páramo (6) Juan Rulfo. Gato sin dueño.




"Le temblaba el corazón como si fuera un sapo brincándole entre las costillas"

Pedro Páramo (6)
Juan Rulfo

A medianoche Susana siente un peso que recorre las orillas de su cuerpo desde los pies a la cabeza. Se levanta y oye el chirrido de la puerta al entrar o salir. El ruido del agua apaga los sonidos. Se queda dormida, al despertar le grita a Justina que el gato (¿de dos patas?) ha venido de noche otra vez a romper la soledad endémica de esta novela. Ella le informa que su padre ha muerto, que se ha quedado más sola que el muerto de altura enterrado en el frío de la montaña, entre hielos perpetuos. Susana se descuelga con una sonrisa, sabía que había venido a despedirse. Recuerda el día que su padre la baja a un pozo, atada por la cintura, a buscar un tesoro. No podía faltar en esta novela que tiene de todo lo simbólico,  la bajada a la sima y el contacto con la muerte de Susana San Juan por vez primera. También bajó don Quijote a la cueva de Montesinos donde  pierde la noción del tiempo y del espacio entre personajes fantásticos del más alla. La cuerda es el cordón umbilical que la une al mundo de la luz. Encuentra un esqueleto que al tocarlo se descoyunta y al tenerlo en la mano se deshace como si fuera de azúcar, se le queda entre los dedos una pulgarada de polvo grisáceo y áspero. Por eso se ríe ahora mientras la lluvia sigue anegando el valle de Comala. 

Se fue la lluvia y se quedó el viento, el aire que había traído la lluvia. Viento de día que orea los campos y viento de noche, dolorido de tanto gemir. Galerías de nubes bajas se apresuraban por el cielo rozando la tierra, nubes en vuelo rasante. Alguien abre la puerta, una racha de viento apaga la lámpara. Susana piensa, escucha los ruidos de la noche. Ve con los ojos entreabiertos, detrás de la lluvia de sus pestañas, cómo entra el padre Rentería con una vela encendida. Ella se arrastra hacia la luz hasta quemarse, como el revuelo de mariposas de un solo verano atraídas por las bombillas enervadas. El padre la apaga de un soplo al oler a chamusco. En la oscuridad le dice que ya sabe que Florencio ha muerto. Le insiste en que se vaya que ya no lo necesita. 
 -“He venido a confortarte, hija.” Responde el padrecito. 
Nos deja con la duda, no sabemos de qué clase de padre se trata, si espiritual o biológico, porque el padre sale al aire de la noche. “El aire seguía soplando.” 

Pedro Páramo había pasado mala noche la mañana que el tartamudo cabalgó desde la montaña para informarle que los revolucionarios habían matado a Fulgor Sedano. Pasó la noche de pie observando a Susana de cuerpo presente, en constante movimiento entre las sábanas. Algo había que la maltrataba por dentro. Creía conocerla por tantas noches doloridas pasadas junto a ella, pero había un mundo dentro de ella que no alcanzaba a deslindar. Se le complican los días y las noches a Pedro Páramo. Magistral la forma de crear tensión en el relato, rebajada ahora con un poco de humor, políticamente incorrecto como tener una mujer modelo eslava o trabajar de azafata en la Vuelta Ciclista a España. Rulfo crea este personaje, emisario que se atranca al hablar. Lo manda de regreso a parlamentar con los revolucionarios que le quieren quitar las tierras al zar. Que le diga al Tilcuate, Damasio, que lo necesita a su lado. Tropa de refresco al campo de batalla, Fulgor ya estaba bien amortizado. 





"Éste no le daría agua ni al gallo de la pasión"

Pardeando la tarde aparecen por la Media Luna una veintena de jinetes armados. Se han levantado en armas contra el gobierno y los ricos, “móndrigos, bandidos y mentecatos ladrones.” Pedro Páramo les invita a cenar y a la mesa hablan de negocios, les financiará la revolución, les promete cien mil pesos y trescientos hombres mandados por el Tilcuate al que le encanta la bulla. A éste le promete un ranchito con ganado a escoger para que su mujer esté entretenida y le advierte que no se aleje del terreno, que lo vean ocupado si vienen otros. Mientras los hombres armados ajustan cuentas antiguas, siembran la superficie de rencor, calamidad y pabellones de tiro al blanco en nombre de la revolución, en el subsuelo reina el sosiego, los enterrados se ponen tiernos, reviven sueños, hablan en voz alta. ¿Se puede hacer el amor con la mar? Escuchen lo que Juan Preciado le cuenta a Dorotea de lo que él escucha con sus oídos muchachos proveniente de la tumba cercana en otra arriesgada pirueta narrativa del autor: Susana desnuda comulga con el mar, se entrega a la lentitud de las olas antes de que las tediosas gaviotas rompan la oscuridad. “El sol moja mis tobillos y se va; moja mis rodillas, mis muslos: rodea mi cintura con su brazo suave, da vuelta sobre mis senos; se abraza de mi cuello; aprieta mis hombros. Entonces me hundo en él entera. Me entrego a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo.” 

Sensualidad y erotismo mezclado con el dolor de la muerte porque no hay amor sin espinas. Las maniobras amorosas del acercamiento comienzan por los pies de ella que él “mordía como pan dorado en el horno.” Y ella que “dormía acurrucada, metiéndose dentro de él, perdida en la nada al sentir que se quebraba su carne, que se abría como un surco abierto por un clavo ardoroso, luego tibio, luego dulce, dando golpes duros contra su carne blanda, sumiéndose, sumiéndose más, hasta el gemido.” Pero mucho más le dolió cuando él murió. Los hombres mueren lejos y nos enteramos de su desaparición por el rastro de dolor variable que dejan en los más cercanos. En Susana será un periódico de papel lo que caliente sus pies, así la encontraron, con los pies envueltos en papel cuando vinieron a decirle que Florencio había muerto. 

Susana reniega de Dios porque no le ha hecho ningún caso. Le había pedido que lo cuidara, pero Él solo se cuida de las almas y ella quería el cuerpo, aquel cuerpo alto, aquella voz dura y seca como la tierra más seca. (Aires legendarios de torero muerto por asta de toro. Federico García Lorca en El llanto por Ignacio Sánchez Mejías: “Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura...”) Aquel cuerpo desnudo “estrujando el temblor de mis senos y de mis brazos.” Recordaba el cuerpo suelto a sus fuerzas: “¿Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos?” Hay una elegía en prosa en la hondura conmovedora de los lamentos de Susana San Juan por la pérdida de Florencio




"Cerró la ventana al oír el bramido de los toros"
Obra de Venancio Blanco. 

Pedro Páramo observa la escena de los sueños sin sosiego de Susana, pero nada puede hacer para paliar el dolor por la pérdida. Sale al aire limpio de la noche para despegarse de la imagen. Ella despierta antes de amanecer, sudorosa, se deshace de la ropa y del calor de las sábanas, así la encuentra el padre Rentería, desnuda y dormida. 

El licenciado Gerardo Trujilllo sube a la Media Luna a informar a Pedro Páramo de que los villistas han derrotado a las tropas del Tilcuate. Su propia mujer ayudó a curar a los heridos. Vienen tiempos malos y él se va de Comala. Marcha a Sayula como desplazado por la guerra. Trae los papeles comprometedores encima para que no caigan en manos que puedan dañar al patrón. Pero a Pedro Páramo no le importan, nadie puede discutirle las propiedades. Recibe un “Hasta luego Lucas” por compensación, él que esperaba un finiquito suculento por los servicios prestados. Él que había servido a tres generaciones de Páramos, que había tapado tantos trapos sucios. Lucas Páramo que nunca le pagó sus honorarios. Las veces que libró al consentido niño Miguel de la cárcel. Y qué decir de las violaciones. Cuántas veces tuvo que poner dinero de su propio bolsillo para que ellas echaran tierra al asunto y se callaran, al fin y al cabo iban a tener un hijo güerito. Media hora dura la ausencia de Gerardo Trujillo. Regresa avergonzado por la deslealtad para que le permita seguir llevando los asuntos al patrón. No consigue más que mil pesos para empezar la nueva vida en Sayula, alejados de los cinco mil que esperaba. 

Es noche cerrada. Las estrellas están tan hinchadas de noche que nadie mira la luna triste arrinconada tras los cerros. Se oye el desafiante bramido lejano de los toros de lidia. Tres golpes secos la levantan justo para ver a Pedro Páramo columpiarse por la ventana de la chacha Margarita. Ni con los años se le va lo gatero al patrón, piensa para sí misma. La llamada de lo salvaje que lo arrastra a desaparecer semanas enteras en busca de gatas. Una insinuación a ella, caporala de todas las criadas, habría bastado para que la chacha Margarita hubiera ido a su lecho sin tener que arriesgarse a una caída al saltar por balcones con ojos de gata. Ella misma había sentido el asedio de muchacha. “¡Ábreme la puerta, Damiana! Sin embargo, ella había resistido el asalto sin rendir la fortaleza. Damiana vuelve a sentir los golpes de culatazos contra las puertas, pero eso ya no le interesa y se mete en la cama. Los toros bravos bramando a lo lejos.

Y me envenenan los besos que voy dando 
y, sin embargo, 
cuando duermo sin ti contigo sueño, 
y con todas si duermes a mi lado, 
y si te vas me voy por los tejados 
como un gato sin dueño 
perdido en el pañuelo de amargura 
que empaña sin mancharla tu hermosura.
José Mercé/Joaquín Sabina




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


lunes, 12 de febrero de 2018

Pedro Páramo (5) Juan Rulfo. Soledad al cuadrado.







"Daba pena verla llenándose de achaques con tanta plaga que la invadió en cuanto la dejaron sola"


Pedro Páramo (5) 
Juan Rulfo 

El padre Rentería recuerda que la noche que murió Miguel Páramo no pudo dormir. Los pasos arrastrados le dirigen al río y espantan los perros que husmean las basuras de las calles vacías de Comala. Las estrellas se desprenden del cielo y caen sobre el agua del río. Su posición de confesor le permite jaquear el disco duro de los parroquianos, entrar a hurtadillas en las vidas ajenas y conocer los movimientos de Pedro Páramo. Las mujeres se acusan de haber dormido y de tener hijos con él, de prestarle las hijas. Esperaba que él se acusara de algo, pero como nunca lo hizo, el tampoco hizo nada. Materia reservada, secreto profesional. Al fin y al cabo él había puesto en sus manos el instrumento de extender la maldad a la generación siguiente, Pedro Páramo estiró la maldad a su hijo. Hasta bebieron a la salud del recién nacido que el padre Rentería le entregó porque su madre había muerto de parto. 

El ruido de las carretas que se dirigen a la Media Luna le saca de los recuerdos. Él se agacha en el galápago que bordea el río y a escondidas coge el camino en la dirección contraria de los carreteros que le saludan como se saluda a un muerto. Vuelve a casa pasada la mañana. Su sobrina Ana le cuestiona por la ausencia, las mujeres le esperan en la iglesia, quieren confesarse porque al día siguiente es viernes primero. Evita pensar que ha estado en Contla a buscar confesión y el cura de allí le ha negado la absolución. El hombre a quien protege, Pedro Páramo, ha destruido la iglesia y él lo ha consentido. El pecado no es bueno y para acabar con él no basta con serlo. Hay que ser duro y desmodado. Los creyentes solo mantienen la fe por miedo y superstición. Aunque él sea pobre de pedir, más pobre que todos los pobres, ha entregado el servicio y su alma a unos cuantos, así nada podrá hacer para ser mejor que los que son mejores que él. No puede consagrarse a los demás en pecado. Tendrá que buscar la absolución en otra parte. 

En Comala los frutos son agrios. Echar al surco las semillas y esperar que germinen es un hecho revolucionario, pero sembrar una semilla en Comala es traerla a morir. Aunque la tierra sea buena. Lástima que todas las tierras de Comala sean de Pedro Páramo, que sea el dueño de todo. Va a la Media Luna a dar el pésame a Pedro Páramo, pero rechaza quedarse a comer con él. Antes la obligación que la devoción,  señala el dicho popular. Lo esperan para confesar. La primera mujer en pasar por el confesionario es Dorotea, embriagada de beber en el velatorio de Miguel Páramo. Le confiesa que ella le conseguía muchachas al patrón, pero ya no puede cometer más pecados, viene a quitarle el tiempo. “Luego vino aquel mareo, aquella confusión, el irse diluyendo como en agua espesa.” 




"¿Quiénes son ellos para hacer justicia, Justina? ¿Dices que estoy loca? Está bien."

El capítulo cuarenta y tres (por mis cuentas) es palabra tallada, prosa poética de una sonoridad luminosa. Un par de páginas gloriosas de ritmo literario que justifican una novela. Por una complejidad narrativa que recorre lo mejor de lo escrito en lengua castellana hasta ese momento. Por la tristeza honda que invade el corazón de una adolescente al darle la mano de nieve a la muerte, apenas con el vello entre las venas y el temblor de las manos al tocar los senos recién brotados a la sensualidad. El tratamiento de la muerte en invierno mezclado con la algarabía de los pájaros nuevos. Rastros de Cervantes en la complicación del artefacto narrativo para narrar los recuerdos de un patio donde maduran los limones, como el patio sevillano, nobleza que madura a la sombra de los limoneros, infancia de Antonio Machado. El aire frío, luz azul que barre de nubes el cielo al final del breve ciclo vital. 

La voz narradora reconoce estar bien muerta y enterrada, incapaz de moverse entre las tablas de un ataúd. Se recuerda tumbada en la misma cama que había fallecido su madre. Siente pena porque “cerrara sus ojos a la luz de los días.” Recuerda lo solas que estuvieron las tres aquel día que la guadaña vino a visitarlas. “La muerte no se reparte como si fuera un bien.” Nadie anda en busca de tristeza. Solas la enterraron con ayuda de aquellos hombres, hombros de alquiler, “sudando por un peso ajeno.” “Qué solos se quedan los muertos” decía Bécquer entristecido desde el cementerio. Y su hermana Justina arrodillada justo encima de donde había quedado su cara. Hay que leer el capítulo cuarenta y tres si quieren leer algo que arañe el corazón; la manera especial con que en México dan la mano a la muerte. 

Los enterrados confunden el espacio, pierden la facultad de discernir entre cercanía y lejanía; como consecuencia, no calculan si las voces vienen de cerca o de lejos. Algo por el estilo le pasa a Juan Preciado durante el cansancio interminable; oye una voz que le parece la de Dorotea, su compañera de nicho. Pero Dorotea no ha dicho ni mu. Ella piensa que habrá sido Susanita, la enterrada en la sepultura grande. (Trasiego romántico de habitantes de las sepulturas como en el Don Juan de Zorrilla). Los muertos viejos rebullen en cuanto sienten la humedad, como las semillas que germinan con las primeras aguas. Hablaba de su madre, lo sola que se murió. Dorotea recuerda que fue porque murió de tisis y nadie quería que se lo pegara. Escuchan a otro jirón de voz hablar de la feroz represión que Pedro Paramo emprendió tras la muerte de su padre, Lucas Páramo, en el trascurso de una boda en los altos de Vilmayo. El afectado quedó cojo, manco y tuerto; a pesar de afirmar que él no había pisado en la boda de Vilmayo, si acaso pasaba por allí. Como nunca se supo de dónde había salido la bala que mató a su padre, Pedro Páramo arrasó parejo. Dice la leyenda que mató a todos los asistentes a la boda. Bodas de sangre. A retazos nos vamos enterando de la vida de Pedro Páramo. Como se acostumbra en esta novela, empezando la historia por el final, primero el tejado para ir rellenando los huecos de la estancia, narrativa ilógica, desde la vida de después y a toro pasado. Pedro Páramo derrotado, de espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna, “aplastado en un equipal, mirando el camino por donde se la habían llevado al camposanto.” Así lo encontraron las tropas de los cristeros. Y con la guerra más calamidades: Dorotea comenzó a morirse de hambre. 






"Nadie viene. El pueblo parece estar solo"

Habían pasado treinta años desde que jugara con Susana, la niña que le enseñó a volar papalotes. El primer amor que nunca se olvida. Se había casado y, viuda, había vuelto a su padre. Ahora estaban en su casa respondiendo a la invitación de Pedro Páramo. Bartolomé San Juan había aceptado la invitación porque ya soplaban vientos de guerra en la región y sentía el peso de la culpa por haberle roto las cartas que Pedro Páramo le había escrito durante años. Bajaron de la sierra donde estaban escondidos por seguridad. 

Pedro Páramo llora por tenerla en casa. El padre sabe que el pago de la protección es Susana. No importa que haya tenido muchas mujeres, que el lugar esté untado de desdichas y el patrón sea pura maldad, ella está loca. Bartolomé será un nuevo muerto porque la necesita huérfana. Que se vuelva a las “regiones donde nunca va nadie,” allí será fácil hacerlo desaparecer. 

Es domingo en Comala, día de mercado. Los indios bajan cargados de Apango con sus rosarios de manzanillas y manojos de tomillo y romero. Tienden las hierbas en los portales de la plaza por la lluvia. No será un buen día de ventas porque los hombres no han venido al mercado. Se han quedado en los sembrados arreglando la tierra, abriendo cauces al agua para que no se lleve el maíz recién germinado y la tierra fértil. De camino a la Media Luna Justina Díaz compra por diez centavos un ramito de romero a los indios de Apango. Al oscurecer los indios vuelven a la sierra cargados con la mercancía que no han podido vender. 

Al entrar en la habitación donde Susana duerme su enfermedad, Justina oye una voz que le recomienda la huida, ya no la necesitan. Ella lanza un grito como un aullido no humano que llega a los contornos. Susana despierta y le dice que cuide del gato también por la noche. La noche pasada la tuvo despierta con su circo, brincándole encima y maullando como si tuviera hambre. Amenaza con irse y llevarse al gato, pero no lo hará porque la ha visto nacer y crecer sus ojos y su boca. La enseñó a andar y la puso a jugar con sus pechos secos. “La hubiera apachurrado y hecho pedazos.” Seguía lloviendo en Comala, “diluviando en incesantes burbujas.”


Dormir contigo es estar solo dos veces, 
es la soledad al cuadrado, 
todos los sábados son martes y trece, 
todo el año llueve sobre mojado.
Joaquín Sabina/Fito Paez



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.