martes, 15 de septiembre de 2015

La saga/fuga de J.B. (16) Gonzalo Torrente Ballester. Lejano amor.





"Pero, claro, para que lo admirasen tendría que haberse dejado matar en el treinta y seis, y, de haberlo hecho así, no estaría ahora Bendaña escuchando la música, ni nosotros metidos en la niebla"


La saga/fuga de J.B. (16)
Gonzalo Torrente Ballester

La junta de la Real Sociedad Santa Lilaila de Músicos y Poetas acuerda que la rondalla dé una serenata de bienvenida al “descolado mueble viejo” que regresa. A pesar de la niebla entonan Volver, el tango de la nostalgia por el primer amor que nunca se olvida:
Volver con la frente marchita
Las nieves del tiempo
Platearon mi sien
Un tropel de gente sigue a la rondalla por las calles del pueblo, paran a la puerta del pazo de Bendaña cuyo titular escucha la interpretación en su honor acodado en el barandal. Melancolía ante el desguace de las jubilaciones.

Bohor rompe el silencio con su vozarrón de macho joven. ¡Bienvenido! –Grita- y la gente lo premia con una salva cerrada de aplausos. Bastida piensa que esta apoteosis del enemigo va a sentar mal a Barallobre. Claro que eso le pasa por salvarse de la quema, no dejarse matar en el treinta y seis.

Cuando Bendaña conmovido toma la palabra para lanzar el consabido “Me falta la voz para daros las gracias, ” en lugar de inventar otro “Como decíamos ayer”, oleadas olvidadas de deseo que reaparecen como enjambres de avispas furiosas arañan las entrañas de Julia. Las ventanas de la plazuela y de la plaza de los Marinos Efesios se abren de par en par, las siluetas difusas de las mujeres abrigadas flotan en la niebla como maniquíes inmóviles revestidos para la temporada de invierno. Mientras tanto los acordes de la Danza Quinta ganan los espacios de la plazuela para sus armonías meridionales. A Lilaila, vestida de ingravidez y trasparencia no usada, le tiemblan las canillas más de emoción que de frío. Bastida siente por los pies los temblores trémulos de la creación. El ritmo llama a las imágenes y a las palabras trenzadas de los versos, como las piedras milenarias tramadas de arte rural e intemperie en la fábrica de una pared de carga. Bastida hace un soneto del impulso, anota el soneto de su vida en un papel arrugado que saca del bolsillo para que no se le olvide. El mismo gesto de don Antonio al escribir su último verso: “Estos días azules y este sol de la infancia.”



"Al escribir sobre aquella blandura, el lápiz rasgaba el papel"

Bastida se va a casa, oye a través de la puerta cerrada que Julia llama a su madre al llorar, pero sin vocativo, usando el nombre como materia verbal de una exclamación apenada. Como él no es su madre, pasa de largo y se mete en su habitación. Al pasar a limpio el soneto, descubre que entre los versos escritos está la clave del misterio de JB, que no su explicación. El soplo original que sacude al artista para dar vida a la materia inerte, el hálito divino que enalteció el barro en el principio del hombre, que nos extrajo de la inmovilidad permanente por imposición de manos. Bendaña ha venido porque tenía que venir por los Idus de Marzo y sanseacabó.

Barallobre y Bendaña observan entre visillos la calle repleta de mujeres amilagradas y chiquillos. El novio de Lilaila ha llegado por la noche y ella va a subir descalza a la colegiata para cumplir una promesa. 

A continuación siguen unas páginas que requieren aún más concentración a la lectura -siempre atenta en este libro - si no quieres volverte loco de aturuxa. Investigar cómo el autor se las arregla para contar tres historias a la vez. Tres momentos distintos entrecruzados en el mismo espacio. Distintos niveles de lengua y maneras de narrar. La subida de Coralina a la Colegiata en paralelo a la silenciosa ascensión a las alturas de Lilaila y el  solemne advenimiento del Cuerpo Santo Iluminado en barca en la neblina del tiempo a manos del primer Barallobre, remero galeote, quinientos años más tarde de la victoria de Emilio el Romano un día de luna crecida. Una obra de arte literaria de la descripción de personajes y mezcla de estilos, a veces solemne, a veces narración coloquial: “Por fin, depositaron en el ara blanca, intacta, la urna del Cuerpo Santo, y allí mismo cantaron un tedéum.” “Se prosterna delante de la entrada y don Apapucio (Pafnucio) le da con la puerta en las narices.” Y el Tortugo:  ¡E tantarantán, e nada nos dan! La voz que entona, el cajón que marca la diferencia en el ritmo.




"El viento marinero trae con su salitre ecos de letanías que vuelan por encima de las aguas tranquilas"

Formaciones de mendigas se aproximan a Coralina como falanges tebanas para pedirle una limosniña: “A mín, a mín, a mín.” “Viejas terrosas, viejas sanguinolentas, viejas pálidas de tez negra, gritonas, chillonas tienden la mano: A mín, a mín. Manos callosas, sarnosas, descabaladas, como garras, como sarmientos, como garfios: palmas sin dedos, muñones cárdenos o sangrientos, muñones que muestran esquirlas del cúbito y del radio.”

El ascenso de Lilaila descalza a la Colegiata destaca por su mutismo, la gente del pueblo extiende ropas en la calle para que no pise las piedras frías; Clotilde desenrolla las mejores alfombras de la casa. Ella no habla en toda la subida sino al final para el insulto: “Imbécil” y rogar la soledad dirigiéndose al Deán: “¿Quiere dejarme sola?”


Lo que daría por verte, 
de nuevo aquí, 
lejano amor, dueño y señor, 
no soy feliz. 

No hay pena como soñar 
que nos morimos de sed 
y ver el agua pasar 
y no poderla beber.
Rafael de León





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


martes, 8 de septiembre de 2015

La saga/fuga de J.B. (15) Gonzalo Torrente Ballester. Vagas lejanías




"Imágenes de un mundo en que no hubiera más que mujeres"


La saga/fuga de J.B. (15) 
Gonzalo Torrente Ballester 

La teoría de la creación de niños por destilación a través de alquitaras llega a oídos de don Acisclo desvariada. El misterio se congrega en el confesionario. Es la mujer de Galaor la que acude al sacramento y le confiesa que su marido, por miedo a la desaparición de las hembras, se ha lanzado a hacer uso de la suya con verdadera incontinencia que para el confesor traspasa la línea roja del cumplimento conyugal (quatuor eadem nocte; cuatro en la misma noche en romance) con variantes y exigencias que a ella se le antojan más pecaminosas de lo acostumbrado. 

En vista de que la verdad inicial se ha modificado al ir y venir de boca en boca, don Acisclo se presenta en casa del boticario, don Perfecto, al objeto de ir directo a las fuentes originales: la colección de revistas científicas francesas que guarda en el sanctasanctórum de la ciencia en Castroforte. De vuelta a casa se pone a redactar un sermón condenatorio de cualquier intento de reproducción del género humano fuera de los métodos naturales estimados por la tradición y por los doctos. Pero las ideas brillantes se resisten a brotar de la mente, seguramente porque ya le rondaban por la imaginación imágenes subterráneas que lo estorbaban. Ya veía en su intelecto un mundo exclusivo de mujeres organizadas en conventos y orquestas; “de este mundo se habrían excluido, entre otros objetos, las jeringas, las lavativas, las mangarriegas, los volcanes, las fuentes de surtidor, los grifos del agua o del vino, y todo cuanto implicase expulsión de líquidos en chorro o gota a gota.” 

Los encargados del gobierno de esas sociedades deberán tener cualidades intelectuales y morales únicas, fotocopia del propio don Acisclo, repetición y multiplicación bioquímica del mismo modelo. Era su oportunidad de perdurar, de gobernar el mundo y ser el único hombre sobre la tierra, una vez excluidos todos los varones por innecesarios. Su íntima y original utopía aflora desde los rincones más secretos y escondidos del alma. 



"Una sociedad de la que se habrían excluido los varones por innecesarios"


 Es una lástima que el clérigo renuncie al sermón porque la teoría no esté bien anclada. Los parroquianos echan de menos la posición clara del clero, alejada del modo subjuntivo carente de objetividad cuando no paran de llegar  rumores desde los Estados Unidos que ya están listas las probetas de plástico de las que saldrán las nuevas criaturas de dos en dos. 

 Lanzarote ruega a José Bastida que escriba algo sobre el asunto, pues el infundio ya ha llegado a las tabernas y mercados. El mismo Castroforte corre peligro de desaparición el día en que la patraña alcance y penetre en las clases populares. Bastida promete ponerse manos a la obra esa misma noche. Como carece de conocimientos de jerga de biólogos, le pide al boticario su colección de revistas y en un par de horas escribe un artículo, incluso con una entrada presentando al autor como uno de esos sabios investigadores españoles desparramados por el mundo que publican en las revistas científicas mejor consideradas y en espera del Premio Nóbel. Según el sabio la cosa va para largo, pasarán al menos mil años antes de conseguir un cromosoma proporcionado, al ser el actual del tamaño de un chícharo, tiene suficiente material genético para crear un mastodonte porque la verdadera dificultad no radica en hacer la síntesis sino en lograr el germen del tamaño exacto para producir género humano. Ahí radica el verdadero peligro de una producción que repueble el mundo de dinosaurios plesiosauros y gigantescos toros prehistóricos con grave perjuicio para los toreros de arte, alma cascabelera apuñalada de miedo y acostumbrados a reses chicas. 

 El Poncio queda tan satisfecho del artículo que le da veinte duros de los fondos reservados, con tan mala suerte que se quedan en el camino, entre los dedos huéspedes de algún comisionista intermediario. Desde los tiempos de Mitriades -por citar a alguien desconocido y remoto- pasa lo mismo en estas tierras del sur de Europa. Los que quieren vivir a costa de los demás, engañando, estafando. Se valora más al trepa allegado, a la  picaresca que al trabajo honrado y bien hecho para ganarse la vida. 




"Lo importante es precisamente el orden, el del cosmos, el de la sociedad, el de la música."


 La tranquilidad del Poncio no es duradera. La inquietud surge de nuevo de la niebla en una noche en que los ríos Baralla y Mendo escupen neblina que se espesa al llegar el atardecer. Un caballero de aspecto llamativo,  tocado de boina y  gabardina entra a todo correr en Castroforte por el camino de Villasanta. Va de taberna en taberna contando que ha visto un coche aparcado en el pazo de Bendaña. Bien puede tratarse de don Jesualdo el Americano. Trae la baca del taxi cargada hasta los topes de maletas extranjeras. Al pagar el servicio no tiene pesetas, los dólares entusiasman al taxista. 

 El regreso de don Jesualdo Bendaña trastoca la rutina, el caos de la armonía invertida. El orden caótico de los habitantes de Castroforte, amalgama de soldados rasos y generales, directores de rondalla y solistas de violín. Escritores de sueltos y propios. El loro Belcebú, periódicos leídos. Galios y godos. Inmigrantes y nativos. El hermano Agatocles, Robespierre. El falsificador de moneda. Burlador de la censura, el reino del lápiz rojo. Golondrinas de un solo verano.

Criollita de mi pueblo, pebeta de mi barrio, 
La golondrina un día su vuelo detendrá; 
No habrá nube en sus ojos de vagas lejanías 
Y en tus brazos amantes su nido construirá. 

Su anhelo de distancias se aquietará en tu boca 
Con la dulce fragancia de tu viejo querer... 
Criollita de mi pueblo, pebeta de mi barrio, 
Con las alas plegadas también yo he de volver.
Carlos Gardel






Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



jueves, 3 de septiembre de 2015

La saga/fuga de J.B. (14) Gonzalo Torrente Ballester. Daños a terceros





"Le equiparaba tan exactamente a un espantapájaros que a poco viento que hiciese le venía la tentación de ponerse a menear brazos y piernas contra los inocentes e inexistentes pajarillos"

La saga/fuga de J.B. (14) 
Gonzalo Torrente Ballester 

La idea soluble de que los niños salgan de los alambiques no es nueva para José Bastida, la viene madurando desde el día en que pillaron a don Celso Taladriz en un acto indecente con un menor pagando aranceles sin daños a terceros. Cuando los primeros niños salgan por destilación, todas las especies ignoradas, incluidas en el género neutro o marica (a la busca de la centralidad en todo) se lanzarán a estudiar Biología como fieras y se harán con el control de los laboratorios. Como consecuencia del asalto desde  la acera de enfrente, empezará a mermar el nacimiento de hembras para desaparecer a la larga. ¿Para qué mujeres si ya no hacen falta para renovar la especie? La amenaza sombría de una humanidad sin mujeres planea aquella noche sobre el colectivo entristecido de los miembros de la Tabla Redonda. Las mentes desecadas por el futuro incierto del erotismo sin género femenino. 

La entrevista es crucial ya que del resultado depende la pitanza. Mejor andar con pies de plomo. José Bastida tiene la sensación de encontrarse ante una casa conocida y olvidada. Un bosque de la infancia, la puerta del primer amor. La fachada regular de piedra esconde una compleja arquitectura, concebida para alejar toda forma racional de espacio interior hasta entonces conocido. Mutismo y seriedad, representación del caos. “Espacios caprichosos que subían bajando y bajaban subiendo.” 

José Bastida viene dispuesto a aceptarlo todo, también que Clotilde sea eterna, como sostiene su hermano, Jacinto Barallobre, o los intentos “de explicarse lo inexplicable o admitir lo inadmisible.” Incluso someter sus conocimientos a examen, una continuada reválida de sus creencias, porque los mitos no son nada por sí mismos, solo significan algo si nosotros los encarnamos. Los mitos ejercen de faro y guía si el hombre los reivindica. 





A qué orden de figuras pertenece? Al mismo que el Manco de Lepanto"

 ¿A quién llamamos el nieto de las ondas? ¿Cree que el sacrificio religioso es, propiamente hablando una metáfora? ¿Ha oído hablar de los Idus de Marzo? Las respuestas a semejantes cuestiones nos dirigen a Jesualdo Bendaña, desterrado político que no lo será eternamente,  como tampoco lo fue Barallobre que sobrevivió, se salvó de la quema en el treinta y seis. Un político apestado abandona la Tabla Redonda en el 36, salva el pellejo como puede: traiciona. A cambio se libra de abrir boquetes en la tierra, no cava trincheras de defensa. Se mete en la cueva, sube a las campanas, toca a rebato y se encierra con el Cuerpo Santo cuando ya las tropas mandadas por Bendaña cruzaban el río por el vado del Baralla. Paso secreto, solo conocido por Bendaña. De nuevo un Bendaña entrando en la ciudad y un JB que les hurta el Cuerpo Santo. 

 En la biblioteca Clotilde les prepara la merienda. Bastida clasifica las viandas en “lo cocido, lo crudo y lo misterioso.” Aprovecha para exponer otra de sus ideas solubles, un temor sólido sobre el tiempo que no convence a Barallobre, tal vez porque la exposición de Bastida carece de profundidad, con trabazón únicamente poética, desatendiendo la lógica, Más pendiente de crear una metonimia que de armar un silogismo. 

 No hay tira y afloja en cuanto al sueldo porque aquella tarde Bastida saca la barriga pobre con la merienda. Pero detrás de la tarde viene el entripado de la noche acompañado de bascas y sudores fríos. Un torzón que parece algo más serio que un empacho. “Una noche incómoda en que la mente de Bastida se sentía tan sumisa al paquete intestinal, que ni pensar podía durante los intervalos de un viaje al retrete y otro viaje; noche ominosa, de pesadillas fisiológicas e intermedios de fatiga, de la que amaneció cansado y un poco más flaco todavía, mal color, lengua gorda y pesadez de cabeza.” 



"Acabó quedándose absorto ante aquella magnificencia"

De bien poco le sirve porque el casero, enterado de que Bastida tiene trabajo fijo, aprovecha para sacarle las entretelas, cobrarle todo lo que le debe. El Espiritista, padre de Julia, no tiene compasión. Después de la negociación de las condiciones, aceptaciones y renuncias, nuevas propuestas y cálculo de excedentes concluyen en que Bastida siga en el mismo mechinal de siempre: la habitación bajo tejavana. Condiciones leoninas neoliberales, ferocidad contra el griego que no paga lo que debe. Entrega de la totalidad del sueldo hasta saldar el débito. ¿Qué es eso de la quita? Ni un gramo de corazón con el deudor. Ni siquiera para hacerse un traje para el trabajo o comprarse ropa interior que le quiten de encima el aspecto de pobre de pedir. La intervención de su hija tampoco consigue blandura, continúa firme en la exigencia de sus derechos indiscutibles sobre los sueldos futuros de Bastida. Si el deudor tiene que comprar ropa, que lo haga al fiado si es que alguien le presta con la fama de gorrón que se ha echado encima por ir todas las noches al café y seguir fumando como un trabajador honrado y buen pagador. Menos mal que el pillín de JB confiesa un jornal de quinientas pesetas menor y con ellas puede hacer frente a los plazos del sastre, pagar al contado unos zapatos nuevos y unos calcetines y no tener necesidad de lavarlos todas las noches y zurcirlos por la mañana, casi siempre húmedos, como había hecho desde tiempos remotos. 

Tanta tacañería y falta de caridad, llevan a Julia a amenazar con tomarse un veneno, dejar de respirar un rato largo o dedicarse a “vivir de su cuerpo en las casas de la vida.” Cuando llega a sus oídos la versión sobre la inminente desaparición de las mujeres, se presta a ser de las primeras en desaparecer, total las mujeres no vienen al mundo más que a sufrir.


Nones, porque no quiero 
que tus pezones me requisen las despedidas de soltero, 
ni que me pisen por segunda vez, 
con daños a terceros, señor juez. 
Mantis religiosa, pantis gaseosa, 
botas con media suela rota a fin de mes. 
Las vecinas se han sentado a ver 
cómo agoniza el del noveno B, 
entre vírgenes milagrosas.
Joaquín Sabina


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



lunes, 6 de julio de 2015

La saga/fuga de J.B. (13) Gonzalo Torrente Ballester. Coleccionar estatuas





"Siéntese, siéntese, pórtese como en su casa"

La saga/fuga de J.B. (13)
 Gonzalo Torrente Ballester 

La Casa del Barco es un lío, resiste a todo intento de explicación geométrica. Como si cada sucesivo morador hubiera querido embarullarla un poco más con sus añadidos arquitectónicos personales. Los golpes secos de la llamada de José Bastida desde la puerta se pierden en ecos repetidos a lo largo de corredores y crujías, tomando vueltas y revueltas, salvando altos y bajos, esquivando agujeros y rincones. 

El recién llegado identifica sonidos de trote corto, reconoce pisadas humanas y distingue un revoloteo de ave inquieta procedente del interior del inmueble.

 “¡Pase, pase! Estos animalitos son inofensivos, son las mejores personas del mundo” Repite Clotilde con voz trémula, tratando de convencer a José de las bondades del burro Ballantyne, de Obispo el loro, el gato Balseyro y del perrito Joaquín, habitantes todos por derecho propio del ilustre y destartalado caserón. Ella quiere prevenir a José Bastida sobre su hermano antes de la entrevista. Le observa que es feo, pero de ojos bonitos. Algo que no le afecta porque ya se lo decía su madre de chico. Bueno, le decía que era listo y ya sabemos que las dos cosas juntas (inteligencia y belleza) en la misma persona envenena de envidia a los demás. 

Clotilde señala que su hermano es un sinvergüenza mujeriego. Un Don Juan, un Marqués de Bradomín. Pero sostiene que la culpa es de ellas. Qué es eso de venir a la Colegiata a deshoras, “a horas en que no hay nadie, a horas en que no hay misa ni rosario, ni siquiera beatas, y entrar y desaparecer.” 

 Ella espiaba entre visillos las idas y venidas de aquellas desvergonzadas. Ahora teme el día en que todos los maridos dotados de cuernos sin fundas hasta las nubes se unan y cargados de razón intenten “arrebatar el cuerpo pecador de Barallobre y conducirlo a la horca sin muchos miramientos.” 

 En definitiva,  lo que quieren proponerle a José Bastida es un contrato de secretario de Jacinto Barallobre. Que haga el trabajo delicado de copista de cartas antiguas. Nadie como él en Castroforte, él  que sabe gramática y que escribe artículos sobre la estirpe de los Jota Be. Le recomienda que le ayude a perder el miedo, pues ya las cosas no están como en el 36 (¡Arderéis como en el treinta y seis!) en que lo estaban buscando. 



"Bastida, alerta la mente, aguzada su conciencia gramatical, seguía los meandros de la sintaxis de Clotilde"

 La casa cuenta con un pasadizo secreto que parte de la biblioteca y que va a morir detrás del Cuerpo Santo. Jacinto va y viene por él, totalmente despreocupado del vaivén, derecho a conquistar, consumar a sus víctimas y volver a salir. Todo muy rápido para que no dé tiempo a más y los maridos no sepan cómo se entra al antro. 

 El gato, Brujo Balseyro, se entretiene en arañar la seda de la butaca llena de pelos de gato en la que estaba tumbado. De repente, deja de hacer el mal y se encarama de un brinco a lomos del Almirante. Desde esa atalaya asiste sin pestañear a la conversación del ama con J.B. hasta que Clotilde llama a voces a su hermano dando por terminada la conversación. 

 Desde la posición en que están parten dos escaleras: oscura la una e iluminada la otra. Almirante, medio asustado por el efecto acústico de aquella caja de resonancia, toma las de Villadiego por la sombría. Su trote apocado se une a la potencia sonora del lugar como si fuera una banda de tambores rompiendo la hora en el Bajo Aragón. 

 La alteración acústica se explica fácilmente por el modo de pronunciar reforzado de Jehová que hace las consonantes oclusivas,  atronadoras; las fricativas, caricias de la piel de puro suaves; las sibilantes, recién salidas de un nido de sierpes mitológicas (hagan ustedes la prueba si quieren con los sonidos consonánticos de: PETAKA, BODEGA Y FIJEZA.) 




"Le advierto que soy bastante miope." ¡A esos ojos tan hermosos no se les puede escapar nada!"

Bastida envidia el porte de Jehová: esa bata gris, el pañuelo de seda verde y las gafas sin poner por encima de la frente. Se imagina que así vestido parecería un Jota Be bastante digno, subiría los escalones de dos en dos, con garbo y no a tropezones. Esta opinión era coincidente con la de don Annibal Mario que un día se portó con Bastida como un auténtico señor cuando éste le iba a devolver quince duros, deducidos de su primer sueldo. Los cogieron y se los gastaron en beber y en comer unas lampreas guisadas según una receta milenaria. Aquel día dejaron de lado el menudeo de las cosas de la ciudad y hablaron de unos experimentos muy adelantados encaminados a la obtención artificial de la vida, lo cual abocaría a que las mujeres dejasen de parir en mitad de los dolores y la gente naciese en los laboratorios. Gran avance, pues la razón de encontrarse sin blanca es que una jovencita que se beneficiaron mancomunadamente los miembros de la Tabla Redonda viniese con el cuento a su señora de que se había quedado preñada precisamente de él. “Uno podrá tener sus aventuras sin temor a denuncias como la que ahora me trae por la calle de la amargura.” Aventura don Mario a José Bastida que le escucha pacientemente.



El caballo de Atila no sabe trotar
sin hollar azulejos silvestres,
los vencejos con ánimo de molestar
coleccionan estatuas ecuestres.

Joaquín Sabina





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.




miércoles, 1 de julio de 2015

La saga/fuga de J.B. (12) Gonzalo Torrente Ballester. Se cierne una sombra.






"Que avisen al señor Bastida de que lo espero en mi casa a eso de las cinco"


La saga/fuga de J.B. (12) 

Gonzalo Torrente Ballester 


La disparidad de criterio entre la justicia divina, propensa a la benevolencia y a  la manga ancha que deja sin castigo a las ciudades pecadoras, por un lado; y por otro la suya propia, más radical e inclinada al escarmiento a la antigua usanza, el ojo por ojo del antiguo testamento hasta quedarse todos ciegos, se traduce en síncopes y patatuses que afectan a la salud de don Acisclo, lo mantienen  en cama durante una temporada. 

 Alarmados por la ausencia continuada de los lugares de costumbre, los conocidos y allegados acuden a visitarle. Las señoritas de Aguiar, Beatriz y Clotilde, dejan turulato al cura al presentarse ante él sin avisar. Mientras que la primera lo hace con el cesto de la compra lleno de caimanes vivos, la silueta avícola de Clotilde aparece vestida de negrura y claridad, resultante de la combinación del negro catafalco y del blanco nuclear, fogonazo de lucidez en medio de la tiniebla. La silueta gallinácea proviene de los complementos pret a porter, un sombrero negro como el carbón, traspasado “por un doble aguijón con remates de polisaedros de azabache.” Nido de pajarraco. La blancura de unas bragas de antes, anudadas por debajo de las rodillas y abertura en la entrepierna para facilitar el tránsito, haciendo juego con un sobrecorsé algo mortificante, también blanco, ceñido a la cintura que le resultan familiares al convaleciente por haberlas visto en el tendedero doméstico. (pertinente atuendo para las más mandonas, meonas de cualquier sitio, como borrachos contraviniendo bandos municipales de aguas menores y ríos callejeros en los rincones escondidos y paredes a altas horas)




"De cuya abundancia de perifollos y jeribeques procedía su afición a improvisar"


La afición de don Acisclo a improvisar complejas variaciones ornamentales sobre los textos de Bach procede de la abundancia de tanto adorno lírico, perifollos y jeribeques del tendedero familiar. El recuerdo turbio. Don Acisclo se espabila y pregunta por Lilaila. Beatriz le informa de sus sospechas, cree que se va a casar con Josualdo Baldaña porque han limpiado el pazo con más esmero y a conciencia que otras veces. Incluso hay una cama dispuesta para dormir en ella. 

 “No me explico el miedo que tiene la gente a la santidad”. Razona don Acisclo al esperar que Lilaila se metiera a monja, máxime cuando don Josualdo era un emigrado político. 

Pura le cuenta a Beatriz que Barallobre ha descubierto el paradero de Miguel, desaparecido desde la guerra cuando fue expulsado del ejército por no haber estado a favor de nadie, ni tampoco contra nadie. Se ha amancebado con una y tiene dos hijos. Se ha dado a la bebida y al abandono. Ella se compadece y le manda con Jacinto cinco mil pesetas del calcetín. Se conoce que Pura tampoco confiaba en los bancos como caja fuerte, no fuera a pillarle el corralito de los sesenta euros diarios como a los griegos. Yo pongo las barbas a remojar al ver las barbas del vecino pelar, pues a deuda pública no hay quien nos gane,  según comentan los entendidos. Jacinto aprovecha la visita de Pura para que le diga a su criada que se entreviste con su hermana y que avise al señor Bastida que lo venga a ver a su casa a las cinco de la tarde. Hora de buscar la sombra como los perros en febrero. Mensajeros encadenados a la comunicación antigua del boca-oído.   





"Aunque uno comprendiese inmediatamente que la silueta avícola resultaba de la combinación de un cubrecorsé blanco"


La vida da que Julia se arremanga y le arregla un poco el traje desgastado. Como nada se puede hacer con la camisa de puños deshilachados, rebusca en los baúles y encuentra una camisa azul con listas moradas que no hace juego con nada y que guardaba de un viajante catalán. Allá que se va Joseíño, con el peso a cuestas, el olor a ajo de una cruz que Julia le dibuja en la espalda para que la suerte no le abandone. Aquí lo dejamos, llamando a la puerta de la extraña casa de don Jacinto Barallobre, boina en mano, en una tarde clara y tibia a la vez.


En 1965, hace 50 años,  los Beatles publicaron dos álbumes: Rubber Soul y Help. Dentro de Help, Yesterday, una canción que nos ha acompañado toda nuestra vida desde entonces: 


Yesterday, all my troubles seemed so far away

Now it looks as though theyre here to stay
Oh, I believe in yesterday.

Suddenly, I’m not half the man I used to be,
There’s a shadow hanging over me.
Oh, yesterday came suddenly.
The Beatles





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

martes, 5 de mayo de 2015

Entre visillos (y 11) Carmen Martín Gaite. Campana de la verdad





"Todavía no había podido librarme de la sensación de provisionalidad que me producía todo lo que iba viendo y haciendo en este viaje"

Entre visillos (11) 
Carmen Martín Gaite 

La autora remata la novela volviendo a los relatos en primera persona que la abrieron: el diario de Natalia y los recuerdos de Pablo Klein. La vida en círculos, como señala Pedro Ojeda, regresamos al punto de partida igual que el asesino retorna al escenario del crimen, sometido al campo magnético que ejerce el sentimiento de culpa, el remordimiento,  incapaz de desprenderse del peso muerto de su maldad

El profesor arrastra las cadenas tres meses por la ciudad. Las clases de alemán son la excusa, la banda sonora de la historia, el verso abortizo a beneficio de inventario notarial. Regresa al principio, la imagen de la señora de la limpieza que abre y cierra la historia. 

 Emilio se convierte en su mejor amigo (comparten hasta la novia). Su humildad, la fragilidad del enamorado que todo lo da por bueno. El cielo enchinarrado de estrellas de Miguel de Unamuno: “Si supiera lo que ella quiere de mí, me volvería absolutamente de esa manera aunque tuviera que vivir una vida fingida, diciendo palabras postizas. Me adaptaría a lo que fuera. Te lo juro.” Pablo reduce a Emilio a un experimento que mida el éxito o el fracaso de su idea sobre las maniobras de acercamiento al sexo opuesto. Dirigir el mundo por amor. Las mentiras piadosas. Los versos horribles del amigo aprendiz de poeta, la palabra alada remolona a alzar el vuelo de los ecos. Emilio le confiesa que las cosas con Elvira marchan mejor, precisamente desde el día en que el profesor la besó en su cuarto y la tarde del río. La volvía a desear. 




"Cruzamos la Plaza. Le dijo Yoni a Elvira que si la veían acompañada de dos hombres que no eran Emilio, y en pleno luto, que la iban a criticar"


 El último capítulo es un resumen de los tres meses de estancia a modo de coda final. Nos cuenta las cosas que sabemos. La novedad estriba en volver sobre los hechos desde el punto de vista del profesor. Reinterpretación de los hechos después de una tormenta de ideas de visiones distintas. La diferente visión del emparejamiento desde ángulos opuestos. La narración de después, cuando ya los recuerdos no son tan nítidos y carecen de la frescura e inmediatez del momento. Al fin y al cabo la estancia en la ciudad ha sido breve, insuficiente para dejar huella. El análisis de un corte transversal de tres meses en la rutina, el menudeo de la pequeña capital de provincias donde pasan pocas cosas. Que coinciden con los de permanencia del profesor que llega y se va en tren. La estancia como un paréntesis del viaje de la vida, roto por las anotaciones diarias, sinceras  y descaradas de una adolescente que se queda en la estación hasta que las circunstancias sean favorables para  emprender su propia huida. 

 La autora se fija solo en la rutina de una reducida porción de seres gregarios que habitan el hormiguero de una pequeña ciudad. Observados desde fuera por Pablo Klein con esa sensación de turista del este, que sacándole foto a todo,  se llevara entre los píxeles fragmentos de vida de las personas extrañas. La provisionalidad del que está seguro de que al día siguiente estará en otro lugar. Nos cuenta el entusiasmo de Emilio enamorado, los planes de futuro que el amor proyecta, la ilusión. Para la primavera irán a vivir a una finca, allí seguirá el encierro para las oposiciones y ella podrá dedicarse a pintar en la amplitud de la dehesa. Encina y toro bravo, el misterio de la casta. 

 El alboroto en las aulas llega a principios de diciembre. Hay quien quiere ya las vacaciones. ¡Antes de la Inmaculada! Hace los exámenes y se despide. “Me parecía que no dejaba nada en aquellas aulas.” Reflexiona el profesor con esa sensación de suficiencia que no le ha abandonado en todo el relato. Indiferencia del que no se entrega. Superficialidad soldada a la cara del funcionario aburrido. 



"Todavía no sabía bien adónde iría, pero sabía que no iba a volver"


 El final de la historia es magistral. El compás tembloroso de los sollozos de Elvira que llora a lágrima viva para cerrar la narración revela una gran escritora. Siempre hay un secreto que guardar. Llagas en la convivencia.  

 La cinematográfica escena de la despedida en la estación con el tren en marcha es un tratado de cómo resolver el final de una novela. Enmienda al pronunciado desapego del maestro cuando empezaba a levantar un poco el día y a lo lejos sonaba una campana. Los hierros de las vías cruzadas cacharreaban el vagón. Se le caían las lágrimas a Natalia descontando los días que faltaban para el regreso del profesor.


Hazme, Señor,  tu campana
campana de la verdad
y la guerra de este siglo
deme en tierra eterna paz

Miguel de Unamuno
Nino Sánchez




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


miércoles, 29 de abril de 2015

Entre visillos (10) Carmen Martín Gaite. Te quiero regalar





"Vivía cerca del río en una casita modesta. Estaba haciendo un jersey para el niño, y llevaba el pelo liso, recogido de cualquier manera, y las uñas sin arreglar"


Entre visillos (10) 
Carmen Martín Gaite 

El diario de Natalia caracolea. Se cierra para la novela sin que su autora adolescente se atreva a comentar con su padre que quiere ir a la Universidad. Un día está a punto de decírselo, pero a la terminación no se decide. Sí le traslada su copla de rebeldía, el descontento hacia la tía Concha: “Que solo nos educa para tener un novio rico, y que seamos lo más retrasadas posible en todo, que no sepamos nada ni nos alegremos con nada, encerradas como el buen paño que se vende en el arca y esas cosas que dice ella en cada momento.” Proclama a las claras del día que prefiere no vivir si vivir es hacerlo resignada y razonable con lo que otros quieren de ella. Se echa a llorar. Lágrima viva que sana los costurones ganados en la batalla cotidiana por la supervivencia.  

 Lydia, que ya ejerce de suegra de Gertru, representa a la señorona opulenta que se desvive por no pasar desapercibida. Se esponja cada vez que logra encajar en su interlocutor una de esas sentencias que no hay manera de rebatir porque son verdades universales. Los Mandamientos de la ley de Dios. Se va a ir a la Argentina durante medio año a visitar a unos parientes y quiere dejar rematados los asuntos de la familia más cercana. Aquella Argentina del General Perón que tanta hambre quitó a los españoles de a pie durante lo más duro de la posguerra, porque aquí Mister Marshall pasó como una exhalación. Cuando ir a la Argentina significaba cambiar la miseria por el progreso. Tiempos de Di Stéfano, antes de que sus futbolistas y entrenadores vinieran a enseñarnos a jugar al fútbol. Menotti, Bilardo y el Cholo Simeone. El fútbol como filosofía, prolongación de la vida que viaja en colectivo. 

 Gertru visita a su hermana Josefina que vive en la parte antigua, en una casa junto al río. Tiene todo hecho un desorden y el niño con tosferina. No había niño que se librara de ella, tampoco del sarampión o de la viruela que dejaba la cara picada para siempre. Todavía mama cada tres horas y ya viene otro en camino y vendrán todos los que Dios quiera. Apenas tiene tiempo para nada. La visita de su hermana para invitarla a la pedida la descentra, tiene que deshacer unas vueltas del jersey que está haciendo y retomar la faena luego más despacio. 




"Cuando ella era soltera, las señoras de Fuenterrabía le decían a mamá los veranos: "Tu chica, qué estilo. No es que sea guapa, pero tiene un estilo."


Tiene mucho que domar este Ángel asilvestrado, primario infiel. Nadie que lo sepa mejor que la madre que lo parió. “Nadie es feliz del todo en este mundo, hija. Cada uno lleva su cruz” Le contesta a Gertru, endosándole una de sus frases perfectas, cuando se queja de las malas costumbres de su novio. Van a vivir a caballo entre Madrid, Salamanca y una casita en Andalucía, amuebladas a su gusto las viviendas. Las penas con pan son menos. Gertru sufre aturdimiento momentáneo con tantas idas y venidas, con las prisas y el ajetreo de operarios para reformar el pisito y los preparativos para el cóctel de la pedida. 

 Natalia no quiere ir, pero la petición personal y sus hermanas la convencen. Se pone el vestido de lunares. Se ponen guapas también las hermanas, de camino “les sonaban los tacones y les salía vaho de la boca al hablar.” A Natalia le aburren las conversaciones de los corros de chicas que hablan de cómo tratar a los chicos. Hay quien sostiene que lo mejor es enseñarlos a zapatazos. Hablan de colecciones de bolsos, de regalos. El ambiente de los cabarets en las escapadas a Madrid. Alguien asegura haber visto al mismo Jorge Mistral. Las parejas que beben los dos. Pero el tema estrella son las criadas; allí se encienden “como si trajeran leña a una hoguera común.” Las criadas que usan sus jabones y perfumes sin permiso, que se ponen a escondidas su ropa interior. Hijas del cuerpo, cortadas por el mismo patrón, exclusividad, instinto de conservación y deseo de pertenencia a la clase de los patricios. 



"Ellas dejaban un momento los libros y la veían salir levantando el visillo; se quedaban respirando juntas contra el cristal hasta que desaparecía"


 Natalia ve a todas un poco desenfocadas, será el efecto de la bebida. Se extraña de ver a Oscar, el novio por excelencia, el novio de Josefina, la hermana mayor de Gertru. Recuerda cuando la veían salir, entre visillos, para visitarle. Algo cómplices del silencio. 

 Al final llora desconsoladamente, apoyada en el hombro de Gertru cuando le enseña el montón de regalos. Ha tenido que quitar los libros para hacerle sitio. Tristeza en el corazón mientras escucha canciones francesas en la novedad del transistor a pilas.

Serrana para un vestido yo te quiero regalar. 
Yo te dije está cumplío, 
no me tienes que dar na. 
Subiste al caballo 
te fuiste de mí, 
y nunca otra noche 
mas bella de mayo han vuelto a vivir.
Quintero, León y Quiroga
Concha Buika



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.