miércoles, 22 de abril de 2015

Entre visillos (9) Carmen Martín Gaite Un firmamento solito pa ella.





"Es que papá antes no era así, cuando yo empecé a estudiar. Antes eso de la gente fina no le importaba nada, se reía."


Entre visillos (9) 
Carmen Martín Gaite 

De antes Salamanca era una ciudad pequeña y amurallada. El crecimiento demográfico hizo saltar las costuras de la muralla y empezó a crecer extramuros. Entre las nuevas construcciones destacaban los edificios que las diferentes órdenes religiosas levantaron en las afueras. El cinturón eclesiástico lo llamaban y se confundía con los cuarteles, centinelas de la ortodoxia oficial del momento. No íbamos a tener menos cintura que otras ciudades que levantaron el cinturón industrial. A un ala del construido por los Jesuitas mandaron al Instituto Fray Luis de León que había estado en las Escuelas Menores de la Universidad, mientras edificaban el nuevo en el Trilingüe (esto ya lo conocí). Las obras iban lentas. Los alumnos y profesores compartían edificio con los seminaristas, pero no la misma temperatura ambiente. Las arcas públicas estaban como siempre, vacías. No había dinero suficiente para gastar en calefacción. Ese lujo asiático en los inviernos de seis meses salmantinos (tantos como los que se pasan mis tortugas hibernadas, en estado de letargo). El frío seco de la meseta que mata. 

Pablo Klein nos cuenta que a veces sacaba a las alumnas a dar la clase fuera, enseñar paseando, enseñanza ambulante. Señala que “Era difícil la cordialidad con ellas. No se acababan de acostumbrar a la confianza que yo les brindaba.” No debía haber mucha seriedad en clase de alemán porque de quince alumnas matriculadas solo tres de séptimo curso son las que van hasta el río a dar la clase. Una de ellas es Natalia. Recuerda que un día a principio de curso la acompañó hasta casa. El día que turbó el ánimo de la adolescente y que tantos motivos diera para escribir en el diario. Para Pablo no es más que una simple anotación al margen. 




 "Me hacía gracia tener ya recuerdos de escenas de la ciudad, y que me tapasen la otra imagen que traía a la llegada, hecha en mis años de infancia"

Hoy, después de dar por terminada la clase peripatética, también suben juntos por la parte antigua de la ciudad. Se interesa por el futuro, qué se puede tener sino futuro en la adolescencia, que no sea tan negro como el de la ballesta. Sabe que ella pertenece a una familia adinerada, los nuevos ricos del wólfram. Apenas lleva unos meses en la ciudad y ya cuenta con un entonces, “recuerdos de escenas de la ciudad, y que me tapasen la otra imagen que traía a la llegada, hecha en mis años de infancia.” El tiempo pasa, nos vamos haciendo viejos y los recuerdos se emborronan como la acción del agua o la erosión del viento que redondea los perfiles puntiagudos de las rocas. 

Entran en un bar, ella accede a tomar un vaso de vino después de pensarlo mucho, no vaya a aparecer su padre y verla. Vence la timidez y cuenta cosas de la familia. Su padre antes no era tan engreído porque no era tan rico. Vivían de su trabajo en una finca, les gustaba el campo, salir de caza y montar en bicicleta. Estudiaba por libre. Se vinieron a la ciudad cuando empezaron a llover billetes del wólfram. Le incita a la rebeldía, que arriesgue los alamares. Le aconseja que no se deje amilanar, “la sumisión a la familia perjudica, muchas veces. Limita.” Que luche por su futuro y no deje de ir a la Universidad. Pero ella le responde que todo a su debido tiempo, ahora lo prioritario es conseguir que su hermana vaya a Madrid. 




"Ella y yo empezamos a subir juntos la cuesta que llevaba a  la catedral"


 Se desprende de allí con el temor a la regañina en casa por llegar tarde a cenar. 

 La autora nos traslada del discurso del profesor al diario de su alumna Natalia, ambos en primera persona como ya hemos señalado. El frío la saca de su habitación al salón. Allí, detrás de un biombo estudia para no desmerecer de la “matrícula de honor oficial.” Gana calor ambiental, pero a costa de perder intimidad, sobre todo por las tardes con el mosconeo de las visitas que hablan de ella, intrigadas por descubrir qué se cuece detrás del biombo. Su tía le regaña porque a los dieciséis puede que sea un pozo sin fondo de ciencia, pero no sabe comportarse, ni saludar siquiera. Nada que le moleste más que los besos “de esas señoras que al besar dejan un brote de roce y salivilla.” 

 Están empeñadas en traer a Petrita López para que sean amigas, como si eso fuera algo que dependiera de un edicto o de un decreto y no de un proceso de acercamiento como de noviazgo. 





"A lo primero se la toma manía por la cara que tiene de belleza de calendario"


 Sabe que Alicia no gusta en casa porque no pertenece a la casta, su linaje no viene revestido de prosapia, pero no dice nada por no liarla. Ha aprendido a nadar y guardar la ropa, matarlas callando como consecuencia de la estrategia propia de no darse golpes contra el muro de las lamentaciones. Después de la que hay montada con el asunto de Julia y su novio, no conviene llamar la atención con reivindicaciones propias. Alicia no necesita abrigo porque dice estar vacunada, se crió entre el frío, con su abuela y un tío en un pueblo de Burgos con tren. Pasar la niñez en un pueblo de Soria o Burgos imprime carácter, es una constante repetida en bastantes personajes de la novela española. Alicia es amiga y confidente, la única con la que habla del profe de alemán, la única por tanto que le dice que está enamorada de él. Aprovecha mucho el tiempo con ella. Todo el rato estudiar y estudiar. No pierde el tiempo en escribir un diario porque no lo tiene. Cuando termina de estudiar ayuda en casa y en la peluquería. 

 Ahora son amigas, pero después no lo serán porque llevarán vidas distintas. Igual que ahora ven el río de manera diferente.


Yo vengo a darte los recuerdos de un hombre que conocí, 
vive, vive pero siempre vive acordándose de ti. 
Me lo encontré en el camino y nos hicimos hermanos, 
le invité a que subiera al lomo de mi caballo 
y en una venta, tomando vino y más vino 
a mi hermano de camino le escuché dos o tres letras: 
"mi novia se llama Estrella y tiene un firmamento solito pa ella".

Manuel Molina





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


miércoles, 15 de abril de 2015

Entre visillos (8) Carmen Martín Gaite. No se asombren







"He comprado un membrillo grande y lo hemos repartido entre unas cuantas"


Entre visillos (8) 
Carmen Martín Gaite 

Regresa el diario de Natalia a la novela con ese estilo alborotado de adolescente inquieta que escribe a borbotones, que mezcla unos temas con otros, calco de la lucha por poner orden y concierto al aluvión de ideas que se agolpan en su cerebrito pugnando por escapar de la sombra del olvido, salir a la luz escrita de su diario. 

 Las compañeras del instituto la reciben con alborozo. Viene cambiada y apocada. Ha pasado un mes en cama porque el médico le ha mandado reposo. Alicia le deja el nuevo horario y los apuntes de las clases perdidas. Alicia ya se pone medias; Natalia, calcetines largos hasta las rodillas. A santo de qué va ella a dejarse quitar los zapatos de lluvia usados. Su hermana Mercedes anda detrás de ellos. El profe de matemáticas ha faltado y salen una hora antes. Natalia y Alicia vuelven juntas a casa. Aprovechan para entrar en una iglesia a curarse las heridas. Natalia observa la tristeza que embarga a  su amiga, cómo llora al rezar con la cara tapada entre las manos abiertas. Que no la vean entrar en casa con los zapatos mojados por haberse saltado el reposo. Cenan a las nueve y media como siempre en invierno. 




"Pasado el campo de fútbol hay muchos baches y saltaban  las piedras contra las aletas"


El día de Todos los Santos llaman al taxi de Enrique para que lleve a toda la familia al cementerio. Hay muchos baches después del campo de fútbol del Calvario. Hacen el recorrido de todos los años por las tumbas de los familiares y conocidos. Los crisantemos más frescos y mejores los guardan para mamá. Todas lloran un poco, a excepción de Natalia que no la conoció. Se la imagina distinta a la foto ovalada incrustada en el mármol frío. 

 Pablo, el profesor de alemán, un día las alcanza al salir de clase y habla con ellas. Qué embarazo, se le atraganta el bocadillo que va comiendo. No hace exámenes, da aprobado general. Le extraña que las alumnas no pongan interés en aprender. De dónde habrá salido un profesor que no sabe que ellos no estudian más que para los exámenes (qué de antes me he vuelto, pero es lo que observo). Lamenta la timidez del momento, haber sido incapaz de expresar con desenvoltura la satisfacción y alegría que le abrumó porque el profesor se hubiera dignado a acompañarlas, hacerles caso y hablar de todo con ellas. El ridículo del silencio que se instala entre los dos le sienta fatal cuando Alicia llega a su casa y continúan los dos solos. Qué azaro por tanto querer saber qué iba a estudiar después del instituto. Qué rabia la falta de palabras para expresar la situación en casa. Era la menor y las hermanas no habían ido a la Universidad. “Sólo balbuceos y frases sin terminar.” La había invitado a un café y lo había rechazado, no fueran a verla. Y ahora estaba allí corriendo por toda la ciudad en su busca sin encontrarlo, excusándose a su tía Concha que volvía del rosario. Vueltas por la plaza, miradas a los cafés. Al oscurecer baja al río y nada, como un esquivo galán que se hubiera evaporado. 




"Me bajé hacia el río. Me puse a imaginar cómo sería nuestra conversación si me lo encontrara."


 Entra en casa de Alicia. Su madrasta utiliza el salón de peluquería. Hay que dedicarse a mil cosas para sacar adelante a la familia en tiempos de mudanza. La ayuda a resolver un problema fácil que se le había atravesado. Total, no va a seguir estudiando. Sacará unas oposiciones de Correos o de Renfe que es lo más seguro y solo piden Bachillerato.

“Si lloras porque has perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas.” Teo decide encerrarse para preparar Notarías también, función sanadora del estudio. Ha perdido el tren y puede perder el autobús si sigue con los lamentos. Buena gana de vender penas por la leche derramada. El capítulo es un cuento independiente, con entidad en sí mismo, sigue los cánones más ortodoxos de las historias con planteamiento, nudo y desenlace. Se entendería perfectamente si lo leyéramos aislado del conjunto. Se manifiesta a grandes rasgos el ideal de la clase media alta. Las sutiles maniobras de sus componentes, decididos a ejercer la endogamia. Convencidos defensores del coto cerrado, la pertenencia al club exclusivo, su clase social. 




"La catedral estaba amoratada contra unas nubes color guinda"


 Las amigas acuden a visitar a Elvira porque saben que allí se aloja un buen partido. “Chico maduro, pero juvenil;  respetable, pero deportista.” Se imaginan ellas un futuro lleno de estrenos y conciertos. Masaje de pechos después de cada hijo y “dietas para adelgazar sin dejar de comer.” Elvira tiene a su Emilio a mano y bien domado. Se junta a estudiar con su hermano algunas tardes. 

 “Necesito saber que me quieres, estar seguro, si no, ¿de dónde voy a sacar las fuerzas para estudiar? Estudio sólo por ti, ¿tu quieres que estudie, verdad?” Inquiere el dócil galán amargamente. 
 -“Claro que quiero” concluye ella. Pero le falta el “te” entre sujeto y el verbo que dé sentido a lo requerido por él. 

 Pablo le aconseja que se aleje de ella, que el aire fluya por el hueco entre medias, que le dé el sitio adecuado. Ella vendrá a buscarle, como comprobamos al final de la historia: “No, no vamos a esperar a nada. Nos casamos en seguida, en la primavera o antes.” Cuando comprueba que no hay nadie que rompa el silencio que se pone entre los dos y ella estalla en lágrimas de rabia contra el mundo entero (Las torrenciales  Cataratas del Niágara, la quinta parte del agua limpia de todo el mundo en los ojos de Elvira ...). Ahí fuera “hace frío. Esta noche va a caer escarcha.”



Después de, no se asombren,
registrar, a su nombre,

mi chalet adosado,
mi visa, mi pasado,
su prisa y su futuro,
dejándome tirado
y sin un duro.
Joaquín Sabina







Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



viernes, 10 de abril de 2015

Entre visillos (7) Carmen Martín Gaite. El campo estaba verde.






"Me apoyé un rato bastante largo en la barandilla de piedra del Puente y me estuve allí, con los ojos medio cerrados, el sol en la nuca, oyendo los gritos de unos niños que se bañaban en la aceña"


Entre visillos (7) 
Carmen Martín Gaite 

Después de la marcha de Rosa, Pablo Klein sigue con la costumbre de ir al Casino los jueves y domingos a las ocho. Los chicos juegan al cubilete, no hacen mucho caso a las chicas. Emilio se ha encerrado a estudiar notarías. Federico le enseña la biblioteca del Casino, pero Pablo prefiere los bares. Por la tarde a la hora del café se hace cliente habitual de un bar solitario donde tocan tres hombrecitos de oscuro, entre los destemplados fichazos de los jugadores de dominó sobre el mármol. “A partir de las siete la gente andaba por la calle con un paso lentísimo como si les pesara la tarde que no terminaría nunca de pasar.” 

Un día le llevan a casa de Yoni, en un ático del Gran Hotel. Hace esculturas y no para de trabajar mientras las visitas se sirven de beber lo que quieren. Ha vivido diez meses en Nueva York, pero habla de París. También su hermana Teresa vive al lado, puerta con puerta. “Habla con voz única, separando poco los dientes.” 

Otro día antes de empezar las clases, cuando se comenzaban en octubre, Pablo Klein observa a Elvira desde el viejo puente de piedra. Está tumbada en la yerba tomando el sol a la orilla del río. Ha comido un par de bocadillos acompañados de un litro de vino que ayuda a perder el decoro, desata la lengua y ahuyenta los fantasmas de la timidez. Hablan de la poesía de Juan Ramón Jiménez. El la acusa de darle vueltas a las cosas, buscarle tres pies al gato,  para parecer original. La tiene muy cerca, siente el temblor de sus labios, pero ella se desprende de allí y luego desaparece. Pablo sigue bebiendo, confraternizando,  por las tabernas del barrio. 




 "Casi nunca hay nadie por aquí otras veces que he venido"

Los personajes femeninos lloran mucho en esta novela. La segunda parte comienza con Gertru secándose las lágrimas en el pañuelo de Ángel,  impregnado de olor a tabaco y Varón Dandy. Las dobleces bien planchadas. Este pañuelo refleja el hombre impresentable, como un espejo que devuelve lo que se le pide: la doblez y las noches de luna y clavel (vino y calor). Compendio de estupidez que ensarta un rosario de ofensas: “Para casarte conmigo, no necesitas saber latín ni geometría; conque sepas ser mujer de tu casa, basta y sobra.” “Te tienes que acostumbrar a que te riña alguna vez.” “Lo hago por tu bien.” Un tren que descarrila en línea recta. Los ojos después de una noche allí sin que ella se entere. Resaca, dolor de cabeza arrebatada de alcohol, echarse atrás, usar y tirar. Huir del compromiso. También Julia consuela a su hermana Mercedes entre sollozos, ya en casa después de la fiesta en el ático del Gran Hotel y justo antes de quedarse dormidas. 


¿Qué va a decir mi madre mañana? Pues sí que le preparas un recibimiento." 

 Los señoritos de vida licenciosa que no pegan un palo al agua, que cierran los bares por dentro con el dinero de papá y tienen un picup (modismo de corto recorrido). Modernos por fuera y corazón de cartón que escuchan a Ives Montand y Juliette Greco con religioso silencio. Lo que mola al final son las bulerías de Ramón. 

Hasta las casadas frívolas, invitadas por Teresa, pasan el rato allí envueltas en el humo de los Peninsulares que irrita los ojos. También acuden las hermanas Julia y Mercedes. Las han dejado en casa venir con la condición de estar de vuelta a las diez, y a poder ser antes, mejor que después. Mercedes baila con Federico que unas copas de más le ponen el habla lenta y estropajosa la voz. La aprieta al bailar y se separan. Terminan en la terraza al final. Las dos hermanas se enfadan, discuten y se hacen llorar. Julia recibe carta de Miguel, el bálsamo que cura todos los males. 


 I come from down in the valley
Where mister when you're young
They bring you up to do like your daddy done
Me and Mary we met in high school
When she was just seventeen
We'd ride out of this valley down to where the fields were green
We'd go down to the river
And into the river we'd dive
Oh down to the river we'd ride
Bruce Springsteen

 



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


domingo, 5 de abril de 2015

Entre visillos (6) Carmen Martín Gaite. Tras de tu querer






"Niño y niña. Brincaban, crecían,  volaban; a tapar la calle nueva, la calle que nacía."

Entre visillos (6) 
Carmen Martín Gaite 


Miguel se vuelve a Madrid enfadado y sin avisar. Han pasado unos días y Julia ya lo echa de menos, le escribe una carta sellada con lágrimas y dulce desamparo porque sospecha que no se va a acordar de ella por su cumpleaños. Le perdona todo. La misiva es un modelo de fragilidad, de mujer vulnerable por enamorada. Jugador de chica, perdedor de mus, cuando le comenta que hay un Federico que anda detrás de ella. 

Que es un chulo. Haces el indio con él. Conmigo podía haber dado. Mejor que se desengañe ella sola. Te digo las cosas por tu bien. Le repiten sus más allegados acerca de las malas formas de Miguel. Los manda a la porra y desaparece, harta de oír consejos sobre cuál es su bien o su mal. Se ahorra las insulsas conversaciones tantas veces habladas sobre Elvira, el luto y su alivio. El negro come tanto… El misterioso atractivo de Pablo Klein. El baile del aeropuerto. La plaga de las nuevas en el baile del Casino. 



"Unas rocas en technicolor eran de pronto las rocas de la playa de Santander donde Miguel y ella habían tomado el sol de hacía tres veranos"

 Julia se les une antes del cine, después del berrinche. Las rocas en cinemascope son Santander y todo es nostalgia de los días de verano que pasó allí con Miguel. Sus citas a solas perdidos entre las rocas... El invierno apuntaba: “Tardes enteras yendo al corte y a clase de inglés” Pronto habría castañeras y nevaría. “Si estuviera Miguel, diría que eran millonarios de tiempo y que la noche no tiene pared.” 

La muerte del director del instituto, además de dejar una plaza vacante, ha enlutado la casa donde vive la familia. La viuda cierra puertas, balcones y ventanas para que reine la oscuridad, que se condense el aire dentro, que se note que “es una casa de luto.” 




"Todo lo del verano se les desmoronaba como si no lo hubieran vivido"

Elvira sale al balcón a respirar con fuerza, a su calle de siempre. Recuerda lo grande que era de niña, el miedo a perderse, el misterio de aquella calle prohibida, que ni siquiera en broma se podía nombrar. Mucho menos entrar; te podías perder para siempre si lo hacías. Veía a hombres privilegiados franquearla. Le parecían poseedores del secreto del Barrio Chino. Tardó bastante tiempo en comprobar que las paredes no estaban decoradas con mantones de Manila, como había visto tantas veces en los chinitos de ojos rasgados de las huchas del DOMUND. Se llamaba chino “por otra cosa, que sabe Dios por qué se llamaba así.” 

 La voz imperiosa de la criada la saca de los recuerdos, de los juegos de niños. Emilio era el amigo de la infancia. Lo tenía muy visto, un perrito dócil. El la quería. “Los dedos de Elvira eran muy blancos sobre la falda negra.” Emilio aspira a ser algo más que el amigo de toda la vida, sobre todo después de lo del año pasado. Vive de furtivas e inciertas miradas de ella que le dan alguna esperanza. “Será mejor que no vuelvas en algún tiempo. Será mejor que me escribas,” es todo lo que consigue de ella. Le parece un avance en la conquista de la fortaleza, ese laberinto intrincado de la mente de las mujeres. Su calle le parece vulgar y ordinaria, como Emilio. “Los árboles, la tapia, la tienda del melonero, ¿por qué no se alzaban como una decoración? Era un telón que había servido demasiadas veces. Le hubiera gustado ver de golpe a sus pies una gran avenida con tranvías y anuncios de colores, y los transeúntes muy pequeños, muy abajo, que el balcón se fuera elevando y elevando como un ascensor sobre los ruidos de la ciudad hormigueante y difícil.” 


"Luego le vio volver la espalda y sintió la puerta de la calle que se cerraba."

Teo habla de Pablo Klein. No le parece serio. El puesto de profesor le importa un bledo. La madre lo recuerda con su padre antes de la guerra. Gente bohemia y extraña. Pintor extraordinario a juicio del padre, nada raro porque nunca opinaba mal de nadie. Siempre iba acompañado de su hijo. La madre hace cuentas: rondará los treinta años. “Tráele a casa alguna vez” Oye Elvira decir a su madre desde la puerta.


En el firmamento de los ojos tuyos
me perdí una noche tras de tu querer
y junto a tu boca se rindió mi orgullo
bajo las estrellas del amanecer.

Quintero/León/Quiroga
Miguel Poveda



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



lunes, 30 de marzo de 2015

Entre visillos (5) Carmen Martín Gaite. Pecar a manos llenas










"No he venido para reñir;  esta tarde no quiero reñir contigo para nada"
Entre visillos (5) 
Carmen Martín Gaite 

Tras un par de confesiones por lo civil llegamos al sacramento que unge y otorga marchamo de legalidad eucarística a la confidencia de lo más íntimo. Una confesión como dios manda, de confesionario y cura dentro. Confesar el abismo interior para seguir viviendo. La recompensa a este desnudarse por dentro, al retrato interior de lo impenetrable es la paz de espíritu para los que creen. Dejar que la serpiente resbaladiza de la luz penetre en el corazón de las tinieblas, morada de la negrura, el bosque oscuro. 

 En efecto, Julia se arrodilla ante el sacramento y el pastor de almas descarriadas que la recibe con el consabido Ave María Purísima. Le narra los detalles más íntimos de su relación con Miguel. Se acusa de quererle por carta, palabras escritas en las noches perdidas de insomnio. Animada por el cine, alguna película subida de tono y censura. “No había sido mala confesión” piensa mientras reza la penitencia arrodillada en el banco. 



"se habían salido a la calzada y miraban al arco de la Plaza, de donde arrancaba la calle"


 Su novio la espera emboscado en la escalera de su casa. Le da una sorpresa. El paseo posterior es un quebranto, discuten todo el rato. A Miguel todo le parece mal, qué borde es el tipo. Julia vuelve a llorar, esta vez acodada a la barandilla del puente nuevo, mirando las aguas revueltas del río. En el puente se desenreda el ovillo del conflicto, la explicación del desacuerdo: “Eres egoísta, egoísta –dijo con voz rabiosa-. Todo que lo resuelva yo sola, tú nada, tú molestarte, de eso nada. Allá me las componga, a ti qué te importa; pedir eso sí: que vengas a Madrid, a tu padre le dices lo que sea , a mí me importa un comino, como si fuera tan fácil.” Y la contestación de él: “Tienes veintisiete años, Julia. Tienes que comprender que no te vas a pasar la vida atada a los permisos para cosas que son importantes para nosotros.” 

Esa tarde, después del desahogo, rompen la pared que se alzaba entre los dos, cruzan la frontera de los besos. Se olvidan del reloj - esa maquinaria sofisticada que mide el paso del tiempo - en mitad de los abrazos. El amor, la pasión y el deseo ayudan siempre a llegar al fondo impredecible de la naturaleza humana. “Ladró un perro a la otra orilla del río.” 





"En el Puente Nuevo, Julia se soltó con el pretexto de arreglarse el moño y luego se acodó sin decir nada a mirar el agua del río que venía de color chocolate"

Elvira apenas cruza palabra con Pablo Klein el día del velatorio de su padre. Había dejado a medias una obra que ahora remata por carta. El mensaje es una declaración de amor a primera vista. Qué alivio, qué bien se siente el espíritu por hallar el como si, dar con una solución: estarse quieto y actuar como si no la hubiera recibido, como si se hubiera perdido por el camino y no verse obligado a nada. Hacer el tancredo.   

“¿No tiene ningún quehacer? ¿Ni clases particulares?" Se extraña el nuevo director del instituto. Señal de que el jornal de profesor no debía ser muy allá. Se hacían necesarias horas extras para dar de comer a la prole y llegar a fin de mes. Ya nadie lo dice con el sueldo de privilegiada clase media que tenemos. Cualquiera dice nada, que se te echan encima con no sé cuántos meses de vacaciones, puentes y prebendas. 



 Pablo acompaña a Rosa al Casino. Son amigos desde el día que Rosa vació los escondrijos de su alma con ayuda de la bebida. Pablo quiere pasar desapercibido en algún rincón, pero resulta imposible. “Una ronda de ojos felinos lo persiguen.” Cuando llega el descanso, la orquesta no toca y Rosa no canta, nadie baila, “solo un silencio ondulado de cuchicheos.” Pablo se abre paso hasta el bar, allí está Rosa rodeada de chicos que han sacado entrada de columna. Lo presenta a la concurrencia. Uno de ellos es Emilio que se alegra de su presencia, cuentan con uno más para seguir la fiesta en El Lampi, aguardiente con guindas es la especialidad. 

Resulta que a Emilio le gusta Elvira, pero esta no le hace mucho caso. Baila con una y Pablo con la otra que se acercan a ellos, pero lo deja plantado en mitad del baile porque saluda a Rosa que canta: No le gusta “servir de plato de segunda mesa.” Cuando Pablo les señala al grupo que la decisión de acompañarles al Lampi no depende de él, sino de lo que Rosa diga, ya no les parece tan bien, así que cuando Rosa termina de cantar se van juntos a la pensión. Pablo regresa al Casino a verla cantar otros días, pero ya no los vuelve a ver por allí. 


"Una tarde de sol dimos un paseo en barca por el río, remando uno de cada lado"


 No hablan mucho cuando están juntos, pero a él le gusta su compañía tranquila. Ella se siente orgullosa de que la acompañe. Le confiesa que no le importaría dejar el cante si encontrara a alguien con cuatro mil pesetas de sueldo fijo. Poco iba a tardar ella en echar raíces y encontrar el sosiego a su lado. La última noche antes de su partida, bajan hasta el río y toman un café en la Plaza Mayor, indiferentes a las miradas descaradas de los que salen a esa hora del cine. Al borde del llanto se despiden con un beso que a Pablo le sabe a carmín amargo. 

nos quitamos la vieja piel a tiras 
renegamos de todo lo sabido 
prometimos pecar a manos llenas 
nos hicimos más tiernos y más niños ahora, 
cada día tiene su fruto 
cada noche su secreto 
y el tiempo es una mentira 
que han inventado los viejos 
al arrancarnos las vendas 
que nos negaban el cuerpo 
descubrimos el presente 
que es lo único que tenemos

Joaquín Sabina




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


lunes, 23 de marzo de 2015

Entre visillos (4) Carmen Martín Gaite. Pinchar en hueso.





"Natalia respiró fuerte mientras se alejaba hacia las calles tranquilas"


Entre visillos (4) 
Carmen Martín Gaite 

No hay duda, la salida en tropel de la gente de los sitios es un espectáculo. Así se entiende que la primera película que se recuerda, por tanto hablamos del nacimiento del cine, sea la grabación de la salida de los obreros de una fábrica de Lyon, rodada por los hermanos Lumière el diecinueve de marzo de 1895. Carmen Martín Gaite elige una tarde de feria, el barullo de la salida de una corrida de toros que empieza a las cinco en sombra de la tarde, justo cuando la gente se desparrama en todas las direcciones con la tarde ya rendida, para situar un diálogo entre Gertru y Natalia que hacen planes para después, lo que queda de jornada festiva. 

 Natalia ha ido a los toros por acompañar a su amiga Gertru que sale “atenta al equilibrio de su peineta,” subida en zapatos topolino con mantilla, abanico y pañolón. Exaltación del casticismo. Polvareda en la explanada antes de salir al asfalto. La gente que no va a los toros se agolpa en filas compactas a lo largo de las aceras para ver pasar el desfile de moda de los que vuelven andando, a los toreros en sus coches, revueltos con los caballos de picar. Los revisteros con prisa por escribir la crónica de lo visto y mandarla a los periódicos. De purísima el cielo y el resplandor del oro en la mirada de los espectadores que se echan a la calle dando pases a las sombras y hablando de toros. 




"Al salir de los toros no encontraban el coche. Traían en los ojos chispas de sol, del oro de los trajes"


 A Gertru le cambia hasta el habla cuando se encuentra con su novio Ángel un poco más tarde, ahora habla cursi, medio gangoso y repite a menudo ¿Sabes? El catálogo completo del pijerío. 

 “Qué mueble bizantino” observa una de las chicas de Manolo Torre que guarda la mesa. El varón tampoco baila, mientras se cruzan las miradas y se aceleran los latidos en mitad de tanto bullicio. El género se tasa por la apariencia física. Hay que defender la bebida de los empellones de los asistentes. “Somos las mil y una niñas” se queja otra de la abundancia del género femenino en el baile. Los aledaños se despejan un tanto cuando los músicos, vestidos de azul eléctrico, echan mano a los instrumentos con pereza. Gertru saca a su novio a bailar en un gesto claro de franca transgresión de las costumbres. Natalia da calabazas a Manolo Torre y se va, dando por finalizada su primera experiencia en el baile del Casino. El galán rechazado encuentra acomodo con Marisol cuando fuera aún no se ha ido el día del todo. 



"¿Verdad que se está muy bien tan alto? Mira la Plaza Mayor"


 “El cielo estaba moteado de vencejos altísimos.” Natalia siente arrugado el vestido y arrugadas las medias de cristal. Como no era tarde, se va con Julia a dar un paseo por la zona antigua. Así descansa de tanto coser. Mucha costura le espera también a la ganadora  Susana Díaz para unir los hilvanes de Andalucía. Al pasar por la catedral ven la puerta abierta y suben a la torre. Contemplan la ciudad a sus pies, desconocida y salpicada de luces. Julia rompe a llorar y le abre el corazón a su hermana pequeña. La tensión que sobre ella ejercen el novio y su padre a la vez puede con ella. La falda siempre demasiado corta para el padre. Cansada de reñir por carta, se muestra dispuesta a echarse la vida al hombro y marcharse con él a Madrid. “Encima de sus cabezas chirrió la maquinaría del reloj, que era grande como una luna.” 




"Paseó un momento sus ojos sin pestañeo por toda aquella masa agrupada de la ciudad que empezaba a salpicarse de luces y le pareció una ciudad desconocida"


 Pablo Klein se aloja en la pensión América;  una casa estrecha a las afueras, al pie de la Casa de los Locos. La luz llega mortecina al suelo desde los techos tan altos que tienen las habitaciones. Allí se aloja Rosemary también. Trabaja de animadora del Casino. Lagarto, lagarto. Esa noche se ha pasado con la bebida y habla por los codos. Mueca tirante y brillo lechoso en la mirada. Cuando se retira a su habitación, anda con “paso inseguro sobre sus altos tacones.” Cuidado con el escalón. Pablo la acompaña, no se aprovecha de ella. Ella vuelca el corazón como solo lo hacen las almas sinceras, borrachas de franqueza. 


 Pero esta noche estrena libertad un preso 
desde que no eres mi juez. 
Tu vudú ya pincha en hueso, 
tu saque se enredó en mi red. 
Joaquín Sabina






Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



domingo, 15 de marzo de 2015

Entre visillos (3) Carmen Martín Gaite. Volver solo a casa.

 


"Salían en bandadas de la sombra de los soportales a mezclarse con la gente que andaba por el sol"


Entre visillos (3) 
Carmen Martín Gaite 

Cuenta la autora que Pablo Klein veía las cosas de la ciudad como cualquier turista profesional. Ser turista profesional o aficionado en los años cincuenta todavía tenía ese componente de aventura de los personajes viajeros que, provenientes de los países evolucionados del norte y centro de Europa,  nos visitaban desde la antigüedad,  convocados por nuestro exotismo y atraso en las costumbres. Era un grado porque la gente del común no hacía turismo, se quedaba en su casa de manera permanente. Aún no se había puesto de moda tostarse las carnes al sol a la orilla del mar mientras te haces unos selfies. Enseguida se distinguía a un forastero de un paisano por la manera de pisar las calles y de mirar con prisa la lentitud encajada de las piedras milenarias que conforman los monumentos. 



"En medio de la plaza tocaba una banda"

Ahora que todo el mundo corre es cuando descanso yo, debió pensar don Rafael de cuerpo presente en su casa. Un piso de la calle del Correo cuando la gente se moría en casa y allí mismo se velaba al difunto con corazón enlutado, una vez que la talla de los Calvin Klein había dejado ya de importar. Hasta el perchero haciendo de cabeza para desmonterados le parece una escena de teatro al narrador profesor de instituto. Los actores fingen. Uno se muere y mueren los vivos, enterrados en vida y duelo obligatorio. El luto riguroso como castigo y las toneladas de compasión fingida -o no- de los de fuera por el grito de dolor de los más allegados. 

"Hasta el perchero con sombreros colgados me pareció una decoración para aquella escena"
Aula de Antonio Machado en Baeza. 

 “Había venido un muchacho de pies grandes.” Se trata de Teo, también hijo del muerto, pero con un papel diferente al de su hermana Elvira en la función. Se interesa por Pablo, le echará una mano con el nuevo director del instituto. El tiempo muerto de un velatorio es un buen momento para conocer gente. Emilio ha creado una polémica en el periódico local. Se conoce que todavía no han llegado las tertulias de televisión para despellejarse unos a otros en directo. Se han creído esos que pueden “sofocar así por las buenas la voz de un ciudadano libre.” Apunta indignado Emilio. "Ímpetu juvenil," señala uno de los presentes: “Todos llevamos dentro un Quijote”, ya pasará. “Pero esas quijotadas acaban con la reputación de uno.”  Sentencia el mismo secundario. 


 
"Decía que leyendo las obras de Unamuno se le saltaban las lágrimas"

Este Emilio es un pirata con loro y todo, hace de cicerone y esconde un tesoro: suele tener bastante tiempo libre. Le ofrece su amistad a Pablo Klein. Le dice que en cuanto se ambiente en la ciudad, no se va aburrir. Hay “círculos agradables, gente con la que se puede tratar, discutir, y esto se necesita muchas veces.” Le habla de Kierkegaard y de Unamuno, quiere agradar, hacer alarde de su cultura. Pero lo que intriga y sorprende es la narración de un juego de niños que juegan con nada. Un juego que dura lo que un trozo de hielo, hasta que se les derrite entre las manos vacías. Como si fuera la última mirada ansiosa a la prolongación de una mano de ahora a punto de desintegrarse. 





"Hablándome de ellos, sobre todo de un escultor que tenía su estudio en el ático del Gran Hotel, volvió a ponerse locuaz"

Pablo se despide de su guía improvisado a la puerta del Gran Hotel. Allí tiene cita con un escultor viajado y eso es un plus. Hablarán de arte hasta que pase el verano. El profesor de segunda enseñanza se da a la fuga como Alicia en el país de las maravillas a la hora de comprometerse, justo antes de dar el sí definitivo. La excusa es ir a buscar la maleta que guarda en la consigna de la estación de tren. Esa sensación de provisionalidad que traspasa el relato. 


A los quince los cuerdos de atar me cortaron las alas,
a los veinte escapé por las malas del pie del altar,
a los treinta fui de armas tomar sin chaleco antibalas,
Londres fue Montparnasse sin gabachos… Atocha con mar.
A los cuarenta y diez naufragué en un plus ultra sin faro,
mi caballo volvió solo a casa, ¿qué fue de John Wayne?
Me pasé de la raya con tal de pasar por el aro,
con 60 qué importa la talla de mis Calvin Klein.
Joaquín Sabina


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.