miércoles, 7 de noviembre de 2018

Cien años de soledad (8) Gabriel García Márquez. Qué dulce gobierna el freno.




"Volteó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada"

Cien años de soledad (8) 
Gabriel García Márquez 

El coronel Aureliano Buendía encuentra la casa llena de alegría y vida nueva. Un coro infantil le da la bienvenida, su hijo Aureliano José le rinde honores militares disfrazado de oficial de alta graduación. Úrsula recoge a la viuda Santa Sofía de la Piedad y sus tres hijos. A la mayor la llaman Remedios y a los gemelos, que nacen cinco meses después, los llama Arcadio Segundo y Aureliano Segundo. La sangre fundadora recrece y hace genealogía. 

José Arcadio y Rebeca se mudan a la casa que el fusilamiento de Arcadio deja vacía en la plaza de Macondo. Una tarde de septiembre José Arcadio regresa de cazar, atiende el caballo, amarra los perros montaraces, deja el sartal de conejos en la cocina y al rato el estampido de un pistoletazo retumba la casa y cae muerto el coloso José Arcadio. El misterio del autor del disparo aún permanece. Del cadáver sale un hilo de sangre viajera, recorre las calles de Macondo, entra y sale de las casas, llega a la madriguera de los Buendía y regresa al origen cuando ya la sangre ha dejado de salir del oído derecho del cadáver. El cuerpo está intonso, sin herida ninguna y envuelto en un penetrante olor a pólvora que nadie logra quitar hasta que varios años después los empleados de la compañía bananera encapsulan la tumba con una coraza de hormigón. Sacar el cadáver y enterrarse en vida es todo uno para Rebeca. Sólo la criada Argénida tiene contacto con ella. Se le recuerda una salida de la casa, ya de bastante vieja, porque provoca un calor africano que atolondra a los pájaros que rompen los cristales de las ventanas y entran a morir en los dormitorios. Lo último que se le recuerda es que mata de un tiro a un ladrón que intentaba robar en la casa. El pueblo se olvidó de ella como se olvida a los muertos. 

Aureliano Buendía está con la mosca detrás de la oreja sobre las victorias de los liberales. Se alegra de las batallitas ganadas por no defraudar el júbilo de la población, pero él sabe que están perdiendo la guerra porque las tropas se están metiendo en la selva cada vez más, la lucha con la malaria y los mosquitos siempre se pierde,  como se pierde la pugna contra el legendario invierno ruso. Eso piensa él tumbado en su hamaca, espantando moscas a más de treinta y cinco grados de temperatura húmeda del Caribe. La situación no tiene pinta de cambiar mientras los políticos cabrones de su partido “estén mendigando un puesto en el Congreso.” 


"Tenía conciencia de estar acorralado contra el mar"


“Cuídate la boca.” Le dicen las cartas echadas por Pilar Ternera. A los dos días sobrevive de milagro a un café sin azúcar cargado con una dosis de nuez vómica capaz de matar un caballo. Úrsula se lo disputa a la muerte. Durante la convalecencia, envuelto en la neblina del veneno e inspirado por las muñecas polvorientas de Remedios, Aureliano vuelve a escribir. Plasma en sus escritos las experiencias de un guerrero en permanente peligro  de muerte. Reflexiona con Gerineldo Márquez sobre la guerra, Gerineldo pelea por el partido liberal, para honrar a los caídos, por los ideales liberales. Aureliano lucha por orgullo, según él mucho mejor que pelear por algo que significa poco o nada para la gente. Aureliano se siente dolido porque su partido le haya etiquetado como bandolero, por eso se niega a unir sus tropas rebeldes con las de interior. Al final se come el orgullo particular, deja a Gerineldo como jefe civil y militar de Macondo y se marcha en busca de los rebeldes del interior decidido a romper definitivamente el círculo vicioso de la guerra. 

Gerineldo tiene más cualidades para la acción militar que para el gobierno. Los asesores a menudo lo enredan en laberintos teóricos, pero consigue una paz rural a la sombra del campanario, una paz soñada por Aureliano para envejecer fabricando pececitos de oro. Gerineldo ha sentido atracción por Amaranta desde la niñez, pero ella siempre lo rechazó; primero, cuando su pasión solitaria por Pietro Crespi; luego, porque ya no quiere casarse con nadie y menos con él que le pide casamiento porque no puede casarse con Aureliano. El orgullo de los Buendía en el asta. 

Estando en Riohacha, Aureliano presiente la muerte de su padre, así se lo hace saber a Úrsula en una de las cartas que escribe a Macondo cada dos semanas. Úrsula decide sacarlo del patio, cambiarlo a una de las salas. Siete hombres como castillos son necesarios para llevarlo a la rastra. La estancia prolongada bajo el castaño ha desarrollado la facultad de aumentar de peso voluntariamente. “Un tufo de hongos tiernos, de flor de palo, de antigua y reconcentrada intemperie impregnó el aire del dormitorio cuando empezó a respirarlo el viejo colosal macerado por el sol y la lluvia.” Los últimos tiempos ya “casi pulverizado por la profunda decrepitud de la muerte,” sólo se comunica con Prudencio Aguilar. Para distraerse en las tediosas tardes de los domingos,  hablan de gallos de pelea. Él lo limpia, lo cuida, le da de comer y le trae noticias de Aureliano Buendía. 

José Arcadio Buendía muere durante su único sueño desde hace un tiempo: el sueño de los cuartos infinitos. Sueña que cambia de una habitación a otra exactamente igual hasta que Prudencio Aguilar le da en el hombro y vuelta a despertarse al revés hasta llegar al cuarto primero, el cuarto de la realidad en una galería de espejos paralelos. Aquel día José Arcadio Buendía no siente que Prudencio Aguilar le toca en el hombro y allí se queda para siempre. Úrsula ve llegar a Cataure tocado con un sombrero oscuro, el hombre pequeño del traje negro y hermano de Visitación que había desaparecido cuando la peste del insomnio. Viene al sepelio del rey. Le gritan al oído, le ponen el espejo en las fosas nasales y nada, no despierta. Ven caer una llovizna de minúsculas flores amarillas sobre Macondo. Caen tantas que tienen que abrir camino con un rastrillo y una pala para que pase el entierro. 



"Si volvió al castaño,  no fue por su voluntad sino por una costumbre del cuerpo."

Cuando Amaranta ve a Aureliano José afeitarse por primera vez, cómo le sangran las espinillas y cómo se corta el labio superior al arreglarse un bigote de pelusas rubias, siente que está empezando a envejecer. Desde el día en el que Pilar Ternera lo dejara en la casa para que Amaranta lo terminara de criar, el contacto de la piel disipaba el miedo a la oscuridad. Buscaba sentir la respiración de Amaranta al amanecer desde el día que descubre la desnudez y el estremecimiento que produce el contemplar el milagro de su intimidad. Cuando Amaranta descubre que la relación con el sobrino pasa de tontear con un niño a una peligrosa pasión volcánica otoñal de doncella madura, la corta de raíz. Aureliano José comprende el riesgo de la situación y se queda a dormir en el cuartel para evitar la tentación. Allí completa la instrucción militar bajo la tutela de Gerineldo Márquez,  consuela la abrupta irrupción de la soledad en la tienda de Catarino con mujeres que huelen a flores muertas que él convierte en la relación tormentosa con Amaranta en un esfuerzo de imaginación. 

En los mentideros políticos de Macondo circula el rumor de que los jefes liberales y el gobierno están negociando la paz. A cambio de la rendición, el gobierno ofrece tres ministerios, algunos diputados en el congreso y la amnistía a los rebeldes que entreguen las armas. El coronel Aureliano Buendía no está de acuerdo con el cambalache. Se presenta a caballo en Macondo con diez hombres elegidos, deshacen la guarnición, queman los archivos y huyen con Gerineldo Márquez y cinco oficiales. La operación es tan silenciosa que Úrsula sólo ve la polvareda de los jinetes al marcharse. Aureliano José se va con ellos. Durante el año siguiente de insumisión protagoniza siete alzamientos que significan otras tantas derrotas. 

Por esas fechas muere Visitación, fallece de muerte natural. Su última voluntad es que desentierren los ahorros de toda su vida, guardados debajo de la cama y se los entreguen a Aureliano Buendía para que continúe la guerra. Úrsula no los desentierra porque corren rumores de que han matado a Aureliano en un desembarco. Cuando ya lo dan por muerto, llega una carta desde Santiago de Cuba con la noticia de que está vivito y coleando. Le anima la idea de la unión de las fuerzas federalistas de América Central para barrer a los conservadores desde Alaska a la Patagonia.

Qué hermoso que es mi chalán  
cuán elegante y garboso 
 sujeta la fina rienda de seda 
 que es blanca y roja 
 qué dulce gobierna el freno 
 con sólo cintas de seda 
 al dar un quiebro gracioso 
 al criollo berevere
María Dolores Pradera



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


2 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Cuando comienzan los años de la guerra, la historia se dimensiona de otra manera en Macondo. De pronto, la realidad, la realidad de las pasiones humanas más negativas. Y la política...
Gracias por la Pradera, siempre es bueno escucharla.

Abejita de la Vega dijo...

Los conservadores oían la misa a una hora y los liberales a otra. Es lo único que los diferencia,todos buscan el poder. Macondo sufrirá la lacra de las guerras civiles y los golpes de estado.

María Dolores siempre.

Gracias, Pancho.