viernes, 31 de mayo de 2013

La cabeza me da vueltas de campana




Retrato de Antonio Machado. Joaquín Sorolla




Meditaciones rurales: 
Campos de Castilla. Antonio Machado 

Leonor muere en Soria el uno de Agosto de 1912 en plenas vacaciones escolares. Antonio Machado huye de la tierra donde descansan los restos de su mujer; primero, se instala en Madrid y luego, el uno de noviembre, ya comienza el nuevo curso en Baeza. Escribe Poema de un día el año 1913, según reza al final del mismo. Se publicó por primera vez en el número 161 de la revista La Lectura en mayo de 1914 con el pie “12 enero 1912(?)”. Después ya aparece en “Poesías Completas” de 1917. 

 El nuevo profesor de francés, aún mustio el corazón, “oye cantar los gallos de la aurora” un día cualquiera de soledad del primer invierno en Baeza. Se refugia en sus libros para lamerse las heridas que deja la ausencia. Se descubre acorralado y dolido, en guerra con el tiempo que nos derrota: 
 […]Era un día 
 (tic-tic, tic-tic que pasó 
 y lo que yo más quería 
 la muerte se lo llevó. 

Pero ni se da por vencido, ni se resigna a su confinamiento en Baeza, le agobia el abandono interior. Se resiste a perderse en el naufragio de la España rural. Quiere romper la cadena del tiempo, escapar del yugo que nos unce a la tierra y nos esclaviza, como el gallo saltar las bardas de su corral, ganar la inmortalidad a través de la poesía: 
este yo que vive y siente 
dentro la carne mortal, 
¡ay! , por saltar impaciente 
las bardas de su corral. 






 En efecto, Machado abre el poema con una presentación de sí mismo, a modo de monólogo dramático, en la que nos informa del traslado de Soria a Baeza. Ahora ya es profesor, antes solo maestro y aprendiz. El pasado, un paréntesis. Como si quisiera quitarse de encima la pesadumbre que le abruma:  

 Heme aquí ya, profesor 
de lenguas vivas (ayer 
maestro de gay-saber, 
aprendiz de ruiseñor
en un pueblo húmedo y frío, 
destartalado y sombrío, 
entre andaluz y manchego. 
Invierno. Cerca del fuego. 





Retrato. Vázquez Díaz


Hilvana el poema al fluir del agua constante de un día lluvioso, motor y origen de la vida. Refleja el diferente beneficio de su presencia sobre el campo y sus pobladores, ello le otorga una indudable unidad temática a la par que vivacidad a la composición. Se siente fascinado por el poder de la lluvia, como si la quisiera atrapar para explicar la existencia a través de ella. Se une al coro que ora, pidiéndola cuando falta, mirando hacia arriba para entoldar el cielo de nubes cargadas de lluvia:  

Fuera llueve un agua fina, 
que ora se trueca en neblina, 
ora se torna aguanieve. 
...........................
Llueve, llueve 
tu agua constante y menuda 
sobre alcaceles y habares, 
tu agua muda, 
en viñedos y olivares. 
.............................
¡Llueve, llueve; tu neblina 
que se torne en aguanieve, 
y otra vez en agua fina! 
¡Llueve, Señor; llueve, llueve! 
............................ 
Señor, ¿no es tu lluvia ley 
en los campos que ara el buey 
y en los palacios del rey? 
¡Oh agua buena, deja vida 
en tu huida! 
...........................
Agua del buen manantial, 
siempre viva, 
fugitiva; 
............................
Mi paraguas, mi sombrero, 
mi gabán... El aguacero 
amaina... Vámonos, pues. 
.............................
—La cebada está crecida. 
—Con estas lluvias... 
 Y van 
las habas que es un primor. 
—Cierto; para marzo, en flor. 
Pero la escarcha, los hielos... 
—Y, además, los olivares 
están pidiendo a los cielos 
agua a torrentes. 
 —A mares. 
............................ 
En otro tiempo... 
—Llovía 
también cuando Dios quería. 

 Antonio Machado encuentra a menudo en una pequeña anécdota u observación de la naturaleza que le rodea el desencadenante de su reflexión lírica que suele terminar con su visión personal, la expresión del yo poético: 

 Invierno. Cerca del fuego. 
Fuera llueve un agua fina, 
.............................
En mi estancia, iluminada 
por esta luz invernal 
—la tarde gris tamizada 
por la lluvia y el cristal—, 
sueño y medito. 

 Algo similar ocurre en el diálogo con el reloj que le toma el pulso a los vivos, acortándole lo que les resta por vivir a cada latido. Se vale de la máquina de medir el paso del tiempo que gana todas las batallas para darle vueltas a la traición, el sindiós de una desaparición inesperada y cruel:  

Clarea el reloj arrinconado, 
y su tic-tic, olvidado 
……………………………………… 

Termina el razonamiento del hilo argumental con la expresión del dolor que aún le atenaza como una "llaga de amor en su ser": 

 (Tic-tic, tic-tic... ) Era un día 
(tic-tic, tic-tic) que pasó, y lo que yo más quería 
la muerte se lo llevó. 








Un clamoreo de campanas y de ventanas azotadas por la lluvia nos lleva a la lucha que se libra en la conciencia del poeta: fe y razón, querer y no poder. Creer, creer, creer es el grito desesperado del que quiere creer y que deja el relato en su punto álgido al anochecer de un día lluvioso y gris. 

 En mitad del tono nostálgico, no exento de un cierto aire de misterio que recorre el poema de principio a fin, Machado presenta su respeto a don Miguel de Unamuno, Rector de la Universidad de Salamanca. Incluso se entretiene en rimar Unamuno, rey de los hunos, con uno y tuno. El humor necesario para embarcarnos en cosas serias, su viaje por los estudios de filosofía de Kant y Bergson que encuentra el libre albedrío dentro de su mechinal. No está mal.



"Son casi las 6
como cada mañana
y la cabeza me da vueltas de campana.
La vida huele a serrin
y a sueldo de camarero
y las demás blasfemias me las dejo en el tintero.
Y desafina
un nido de ruiseñores,
pero tu tranquila, ya vendrán tiempos peores".
Sabina

Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

lunes, 27 de mayo de 2013

Es verdad, eres mi destino





"Entonces déjame que te bese"

Los novios. 1960. Obra de Antonio López García


Aurora roja. Pío Baroja (8) 

El Mangue y el Polaca viven con la ilusión de ser toreros. El Mangue se escapa de casa con el Polaca y la Chai porque ha decidido que en modo alguno quiere trabajar de carbonero como su padre. Recorren las capeas de los pueblos en fiesta con la esperanza de que los mozos del lugar les permitan dar unos pases a  algún novillo. Al terminar el trasteo extienden el capote, cuanto más ancho mejor, para recoger las perrillas que los espectadores les tiran desde el tendido, de esa propina viven. El Gitano mata pájaros con el tirador y el Corbata confiesa que se dedica a robar, vende perros y hace de Don Tancredo en las charlotadas. 

Torerillos de Basilio Martín Patino: 



Con semejante material humano Juan se siente un poco misionero, con la obligación de llevar por buen camino a los descarriados que tienen el cementerio por alojamiento. Aspira a alejarlos de las tinieblas de la calamidad moral. Está convencido de que en el fondo de sus almas hay oro escondido, bondad que se muestra dispuesto a sacar a la luz. 

Un día un señor desconocido que se aventura a abrir un periódico radical les invita a su casa. Se sientan al fuego de un gabinete de estilo modernista, “encanto de los carpinteros y de los cursis”. Todos los presentes coinciden en que en una sociedad en quiebra todo se descompone; una revolución se hace necesaria. Todas las revoluciones son filosóficas. “Primeramente cambian las ideas; luego se modifican las costumbres, y, por último, vienen las leyes a inmovilizarlas”. -Salta un joven de barba y anteojos, de aspecto ensimismado y hablar meloso. 




 "El cielo, oscuro, gris, parecía pesar sobre la ciudad como un manto de plomo"

La pistola. 1959. Obra de Antonio López García
 

Juan aspira a aplicar el talento y el instinto guerrero que supuestamente adorna el carácter español a algo más noble que a exterminarse mutuamente. La reunión es un fracaso porque discrepan de la propuesta de una sociedad estamental, de dos categorías claramente diferenciadas: “Arriba, los sociólogos, como modernos magos, definiendo y dictando planes y reformas sociales; abajo, los trabajadores, ejecutando los planes y cumpliendo las órdenes”. Al abandonar la reunión “el cielo, oscuro, gris, parecía pesar sobre la ciudad como un manto de plomo”. 

Son escasas las personas que consiguen canalizar el miedo a actividades constructivas. El católico teme al masón porque piensa que desde “sus logias dirige toda la albañilería antirreligiosa”. El republicano sobrevalora al jesuita, lo considera “un poso de ciencia y maldad”. Imposible convencerle de que no pasa de ser un frailuco vanidoso e ignorante que se las echa de poeta y escribe versos detestables. El anarquista estima que el polizonte es un “individuo listo como un demonio”. Es frecuente que unos y otros sobrevaloren el poder del contrario, no en vano “La sociedad española es una sociedad de botarates y mequetrefes dominados por beatas”. Los polizontes siempre husmean el complot detrás de cualquier atentado anarquista. Los ácratas padecen manía persecutoria, permanentemente obsesionados por el traidor, el truchimán de la policía. 

 Silvio Fernández Trascanejo tiene mérito, siempre se las ha ingeniado para vivir sin trabajar. Es un miembro activo, asiduo participante de los corros y mentideros de la Puerta del Sol, una prolongación de esa “caterva de hidalgos de gotera, hambrones y gangueros”. Vamos, un auténtico hidalgo de recia raigambre con “casa solariega y escudo con más cuarteles que Prusia”. Barrunta que es el momento idóneo para organizar un atentado anarquista y obtener algún beneficio de la policía. 

Se pone en contacto con Juan. Convencerle es pan comido para un hampón experto en extorsiones. Le persuade de que proporcione alojamiento a Passalaqua, un anarquista que viene del extranjero cargado con una bomba en la maleta. El Libertario, que sabe latín, se huele la tostada del complot policial y se lo insinúa a Manuel, pero no hay nada que hacer, Juan es un inocente primaveras. Sin embargo, la advertencia pone en alerta a Manuel y a la Salvadora que cuenta con un sexto sentido para defender a los suyos y sospecha sobre el contenido macabro de la maleta. Bien entrada la noche llaman a Perico, el electricista, técnico desactivador de bombas que ejecuta la faena con rapidez y limpieza. Aquella maleta siniestra ahuyentó para siempre de Manuel las ideas del anarquismo violento. Aquella noche se desmoronan todas sus ideas revolucionarias. “Como si aquella máquina infernal hubiese estallado en su cerebro”. No comprende que haya alguien capaz de “sembrar la muerte entre infelices”. Manuel puede justificar la muerte en una guerra debido a la presión a que se ven sometidos los soldados por la sociedad o por la disgregación de la responsabilidad, pero nunca el fanatismo bárbaro. Manuel intenta convencer a Juan del desatino que supone matar al viejo, la mujer y el niño en nombre del derecho a la vida de los que han de vivir o,  al menos,  de que evite hacer el caldo gordo a la policía y cargarla de razones para la represión. 


 ¡Hola chico!, ¿qué tal? ¿Estás de jardinero?
El jardín de atras. 1969. Obra de Antonio López García

La novela nos ofrece a continuación un poco de relajación tras la tensión vivida en el relato de la maleta cargada de explosivos, una concesión al folletín que tanto le atraía a Pío Baroja. Roberto sorprende a Manuel trabajando de jardinero. Aparece con un regalo de boda: las escrituras de la imprenta. Antes tiene y tenemos que escuchar sus teorías liberales, ahora suavizadas porque en la anterior aparición había quedado definido como un fascista de carretón. Lo sigue siendo, pero ahora introduce el elemento novedoso del imperio de la ley inflexible, igual para todos, como la piedra angular del ordenamiento social, no al albur de cualquier cacique que haga y deshaga, ponga y disponga sobre los demás. A menudo en beneficio de unos cuantos, lo que conlleva el perjuicio del resto. Apoya el mérito, el talento y el trabajo individual de las personas, no el enchufismo y el amiguismo como sustento de la medra. 

El amor entre Manuel y la Salvadora llega a un final feliz en una de las escasas concesiones a la novela rosa de la trilogía, pero cuando pasa, sucede de verdad y lo hace con naturalidad: 

 “Te quiero, porque tengo mal gusto; te quiero así, brutito, feo, poco enérgico” – Le declara la Salvadora. 

“Entonces tengo que besarte; no hay más remedio. Te besaré con respeto; ¿no quieres? Te besaré como a una santa. ¿No te convences tampoco? Te besaré como si besara la bandera roja, ¿sabes? La Salvadora vaciló y presentó la mejilla; pero Manuel la besó en los labios”. 

"ONLY YOU CAN MAKE THIS CHANGE IN ME,
FOR IT´S TRUE, YOU ARE MY DESTINY.
WHEN YOU HOLD MY HAND,
I UNDERSTAND THE MAGIC THAT YOU DO".
The Platters 



 


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

lunes, 20 de mayo de 2013

Por tierras de España







Por tierras de España. Antonio Machado 

Madura el limonero de Sevilla en las tierras altas de Soria, al pie de los Picos de Urbión, donde nace el río Duero, padre y madre a la vez de casi todos los ríos de Castilla. Capea el temporal como puede en la tierra incognita de interior. Sube y baja de dos en dos los peldaños de los grises alcores. Las escaleras de la cruz de sus semejantes en guerra desde tiempos inmemoriales con el medio que les sustenta, la tierra donde descansa la esencia y pesa el recuerdo de los antepasados. 

El Dios de estas tierras somete a las criaturas, es sanguinario y cruel, peor que los demonios. Dota a sus criaturas de vicios y pecados, bajas pasiones que hay que castigar. Expulsados del idílico jardín, sufren todo tipo de calamidades para sobrevivir, vagan errantes por páramos baldíos, peñascales y barrancos. No es mejor la suerte del hombre en la ciudad, ahí tenemos los personajes de Pío Baroja, amigo del autor, que penan sin rumbo sus pecados por calles polvorientas y tabernas de horizontes amputados: 

 El numen de estos campos es sanguinario y fiero: 
al declinar la tarde, sobre el remoto alcor, 
veréis agigantarse la forma de un arquero, 
la forma de un inmenso centauro flechador. 

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta 
—no fue por estos campos el bíblico jardín—; 
son tierras para el águila, un trozo de planeta 
por donde cruza errante la sombra de Caín. 

Hoy es día de escuela, el profesor les habla a los alumnos del hombre malvado del campo y de la aldea, les explica la guerra que libra con su entorno, del precio del progreso, de la fragilidad de la vida y su misterio, una excepción maravillosa que hay que cultivar y que merece la pena proteger. Ante los peñascales infecundos, mordidos por el aire helador que viene del Moncayo, reflexiona con sus alumnos sobre España y su decadencia, ahonda en el conflicto hasta verle la raíz a los fuegos intencionados que acarrean deforestación, degradación de la tierra y más pobreza. Les propone como solución una tregua en la refriega, destensar los arcos de la guerra que oscurecen de ceniza un horizonte de trenes repletos de los hijos que vacían de vida los páramos malditos. Tensar los ojos de la resignación, levantar la mirada, dejar de llorar y que regrese a la tierra el asombro del labrador que no se rinde ante heladas ni pedriscos: 

El hombre de estos campos que incendia los pinares 
y su despojo aguarda como botín de guerra, 
antaño hubo raído los negros encinares,  
talado los robustos robledos de la sierra. 

Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares; 
la tempestad llevarse los limos de la tierra 
por los sagrados ríos hacia los anchos mares; 
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra. 



"Que bajo el pardo sayo esconde un alma fea"



Los padres de estas gentes ya buscaban el pan en otras tierras, huían de los gélidos inviernos de la estepa, guiaban los ganados trashumantes a la Extremadura del sur de clima más templado y soportable: 

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes, 
pastores que conducen sus hordas de merinos 
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes 
que mancha el polvo y dora el sol de los caminos. 

El poeta no abandona la longitud y el ritmo prodigioso del verso alejandrino para expresar en profundidad y en toda su amplitud la miseria moral, el conflicto del hombre con el medio, los odios ancestrales generados por conciencias paralíticas, envidias que corroen por dentro las entrañas;  todo acentuado por la invasión de la pobreza. Los rostros renegridos de días al sol y noches pasadas al raso cogen el tren interminable del abandono, ponen rumbo al extranjero o a las costas de clima más benigno que roban la fuerza productiva del interior, su principal fuente de riqueza.

Los autores de la época eran auténticos patriotas. Se sentían en la obligación de identificar y exponer los problemas de España porque sufren en sus carnes y se duelen de la profundidad de la crisis de identidad. Se refugian en el poderío de la naturaleza para sentir el temblor de la creación. Machado acota el conflicto con la “ligereza alada” de sus versos, como pocos lo han hecho, como si estuvieran escritos hoy mismo, explicados a los lectores de tiempos y lugares diferentes con la claridad y cercanía de una clase de instituto. Es un placer escuchar sus explicaciones de maestro comprometido, Don Antonio. 

Extremoduro supo ver el ritmo de Rock and Roll de los versos alejandrinos de Antonio Machado. Desde Extremadura:  



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Esa agonía es vuestro triunfo





"Habló del gran deseo de cariño del desheredado, de su aspiración, nunca satisfecha: de amor". 

La familia del anarquista el día de la ejecución. Obra de Eduardo Chicharro

 


Aurora roja. Pío Baroja (7) 

Juan tosía mucho. Aquejado de fiebre, el médico le receta paseos al aire libre. La Salvadora y la Ignacia le protegen y le cuidan. Ésta ha amenazado que si sus amigos, los anarquistas, aparecen por casa, los despachará a escobazos. Juan vive por y para la idea. Vende sus esculturas y dona el importe para la causa. Durante la convalecencia lee libros de contenido ácrata y escribe. Se le echa de menos en las tertulias anarquistas de la taberna del Chaparro. 

Cuando la enfermedad parece remitir, Manuel pasa una noche entera paseando por las calles de Madrid, escuchando y conversando con el Madrileño, Prats y el Libertario. Oliendo a éter, se les une Caruty por el camino. Hablan y hablan sobre los nombres míticos del anarquismo catalán. El madrileño los desacredita y cuenta el caso de la bomba de Cambios Nuevos; nadie está exento de la jindama, el miedo es libre y renegaron de la idea. 

El Libertario lo tiene claro: “Al terrorismo de Estado no hay más remedio que contestar con el terrorismo anarquista” 
El Madrileño cuenta el caso de un amigo que ha escrito en negro sobre fondo blanco un catecismo ácrata que reza: 
 «-¿Qué es la dinamita, niño?» «La dinamita es una mezcla de arena y de nitroglicerina, que se hace detonar por medio de la cápsula de un fulminante.» 
«-¿Cómo se prepara la dinamita, niño?» «Se prepara primero la nitroglicerina, tratando la glicerina con una mezcla en frío, de ácido nítrico y de ácido sulfúrico, y luego se mezcla con una substancia inerte.» 
El chico sabía cómo se hacían todas las bombas y todos los explosivos. Cuando al padre lo llevaron a Montjuich, nos solía decir: «Yo no sé si me matarán; pero tengo un consuelo, que mi hijo sabe hacer dinamita.» 


  "Ya con la Mano Negra, que no era mas que un comienzo de asociación obrera, el Gobierno cometió un sinfín de atropellos y quiso ver en ella una cuestión de bandolerismo..."

El comité. Luis Granell

De tanto hablar y hablar se les echa encima la claridad del amanecer sin enterarse. “La luz fina y velada de la mañana iba filtrándose entre las nubes de un gris de estaño”. Ya en la calle Ferraz, después de despedirse de los compañeros de amanecida, piensa Manuel: “Hay algo de loco en todos ellos. Habrá que separarse de esta gente”. 

Los activistas de Aurora Roja organizan un mitin de propaganda. Pretenden que Grau, director del periódico ácrata, El Anarquista, participe, pero les da largas. Cuando comprenden que el periodista lo que les da son calabazas, lo critican, lo tildan de traidor, burgués vendido al capital, vendedor de periódicos como si fueran pastillas de chocolate. Le falta compromiso con la idea. El Madrileño razona convencido: “Cuando se tiene temperamento de burgués, pone uno una tienda de ultramarinos, o una zapatería, o cualquier cosa; todo, menos un periódico anarquista. Cuando uno es partidario del amor libre y enemigo del matrimonio, no se casa; cuando se predica contra la propiedad, no se trabaja para reunir cuatro cuartos”. Prats y el Madrileño se enzarzan por su pasión, por su particular visión del anarquismo, con la misma pasión y convencimiento con la que discutían por las tabernas los aficionados partidarios de Belmonte o Joselito durante la edad de oro del toreo. Juan y el Libertario los separan para evitar que lleguen a las manos. 

Manuel se ofrece a gestionar a través del Aristas la celebración del mitin en el céntrico teatro de la Zarzuela, pero su intento fracasa, muere manso en la arena de la playa. Al Libertario le parece indecente que un obrero se deje la piel por dos pesetas en trabajos de sol a sol, mientras un cómico gane ocho duros diarios diciendo "una porción de sandeces y cosas incongruentes” para distraer a los burgueses mientras hacen la digestión. El Aristas le replica en voz alta y sin complejos que a él nada le roban, que el arte devuelve con creces la inversión. Sin otra alternativa, el mitin tiene que ser en el Barbieri. 

Juan, Manuel y la Salvadora llegan temprano al teatro en un coche. Los dos primeros oradores que actúan de teloneros aburren al personal asistente. El autor los describe como si fueran los animales del zoo. ¡Qué pocos son los que tienen cara de persona! ¡Qué pocos con bondad! Con esta raza no se va a parte ninguna – se lamenta amargamente el Libertario. 

A continuación toma la palabra un periodista joven que se dirige a los presentes con aires de superioridad, resulta un vende humo que inflama el corazón de la audiencia con frases campanudas y hueras; sin embargo, está convencido de portar en “la cabeza el Sancta Sanctórum de la anarquía”. Enardece el teatro con sus palabras de desprecio a todos los sociólogos socialistas, a todo el mundo por no afiliarse a la Anarquía, los termina de incendiar con su latiguillo final: “Al poder de las armas -dijo-, opondremos nosotros nuestra austeridad; si ésta no basta, a las armas contestaremos con las armas; y si la fuerza del Gobierno quiere arrollarnos y exterminarnos, recurriremos al poder destructor de la dinamita”. 

Un andaluz, tejero de profesión y mirada atravesada, despotrica contra los obreros intelectuales que hablan mucho y hacen poco, como el orador que le precede. Pone de modelo a imitar a un maestro anarquista que recorre la Serranía de Ronda enseñando a leer y a escribir por una panilla de aceite y un currusco de pan. Así lo despacha don Pío sin contemplaciones: “Se veía que era un hombre fanático y feroz. Tenía una mandíbula de lobo, unos músculos maseteros abultados, de animal carnívoro, y al hablar se le contraían las comisuras de los labios y se le fruncía la frente. Se comprendía que aquel hombre, irritado, era capaz de asesinar, de incendiar, de cualquier disparate”. 




"Se les mató porque eran propagandistas de la idea"

Garrote vil, pintado por Ramón Casas en1894, óleo sobre tela de medianas dimensiones (127 x 166,2 cm) que se conserva en el MNCRS (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid) y que retrata una de las últimas ejecuciones públicas que hubo en Barcelona, la del reo, sentenciado a muerte por crimen pasional, Aniceto Peinador.

Sube a la palestra un hombre grueso, cachazudo y calvo que se toma la Biblia al pie de la letra. Para él no existen metáforas que valgan, ni imágenes literarias, ni entiende de comparaciones. El Arca de Noé le parece una tomadura de pelo. Según su sentir, podían haber dejado que se ahogaran los chinches, las garrapatas, las cucarachas y las pulgas, sobre todo las molestas pulgas, un insezto tan inútil y traidor. 

Baroja ha sabido preparar con maestría y meticulosidad el momento de Juan, la actuación estrella del mitin. En contraste con el hombre rechoncho y mofletudo precedente, su aspecto escuálido de niño enfermizo capta la atención de los espectadores, emociona a la audiencia con el tono natural y la fluidez de su voz cálida e insinuante: “La anarquía -dijo- no era odio, era cariño, era amor; él deseaba que los hombres se libertasen del yugo de toda autoridad, sin violencia, sólo por la fuerza de la razón”. “Él quería que las pasiones, en vez de ser constantemente reprimidas por una férula implacable, fuesen aprovechadas como fuerza de bienestar”. Seduce a los presentes con sus metáforas: “Sólo lo libre es hermoso -exclamó; y en una divagación pintoresca dijo-: El agua, que corre clara y espumosa en el torrente, es triste y negra en el pantano; al pájaro se le envidia en el aire y se le compadece en la jaula. Nada tan bello como un barco de vela, limpio y preparado para zarpar”. Cuando les habla del amor, lágrimas azules ruedan por el rostro de la Salvadora. Su voz adquiere la algodonosa entonación de la ternura al comprobar el efecto de sus palabras en los asistentes, las mejillas encendidas como sintiendo en carne propia todas las injusticias que se ciernen sobre los desheredados. Alguien salta como un resorte desde el fondo del patio de butacas, es Caruty que grita:  ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura!, un poco antes de que una pareja de la Guardia Civil le ponga los grilletes. Juan pone punto y final al emocionante alegato. La gente sale del discurso conmovida, con lágrimas en los ojos, los corazones embargados por la emoción que han vivido en vivo y en directo. 

"Here's to you, Nicola and Bart  
Rest forever here in our hearts  
The last and final moment is yours  
That agony is your triumph"
Joan Baez 


Joan BAEZ * here's to you * por art-worlddiffusion

Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

sábado, 11 de mayo de 2013

Autorretrato




"Mi verso brota de manantial sereno" Antonio Machado


CAMPOS DE CASTILLA. ANTONIO MACHADO 

Solamente unos apuntes para situar la obra de Antonio Machado en su circunstancia personal e histórica. Antonio Machado Ruiz nace en Sevilla en 1875 en el seno de una familia culta. Segundo hijo del matrimonio formado por el folklorista Antonio Machado ÁlvarezAna Ruiz, ésta sobrevive tres días al Miércoles de Ceniza del veintidós del dos de 1939 en que el poeta entrega su alma y su cuerpo en Collioure (Francia). El ambiente del hogar era propicio a una educación orientada a la cultura y a la literatura. 

 La figura del abuelo, Antonio Machado Núñez, es importante porque es él quien mantiene a la familia. En 1883 se trasladan todos a Madrid tras la estela del abuelo catedrático. Allí entra en la Institución Libre de Enseñanza que le influye en su orientación cultural y educativa y a cuyos profesores siempre recordará, sobre todo a don Francisco Giner de los Ríos. 

La muerte de su padre y de su abuelo en 1893 y 1895 obliga a los hermanos Machado, Manuel y Antonio, a trabajar para contribuir en la diezmada economía familiar que tal desgracia provoca. De esta fecha, 1893, datan sus primeras colaboraciones literarias en prosa – sus poemas iniciales no aparecen hasta 1901. Su primer viaje a París es en 1899, los dos hermanos trabajan durante varios meses en la editorial Garnier. En 1902 vuelve a la capital francesa y conoce a Rubén Darío con el que traba una gran amistad y le guía en su amanecer a la poesía. De 1907 a 1912 ocupa la plaza de catedrático de francés en el instituto de Soria. Conoce a Leonor con trece años y se casan dos años más tarde, en 1909. Leonor Izquierdo fallece en 1912 a los dieciocho recién cumplidos tras penosa enfermedad, después de una tercera estancia en París durante el año 1911, becado por la Junta de Ampliación de Estudios, que la enfermedad de ella acorta. La época soriana de cinco años siempre será recordada por el poeta como la más feliz de su vida. 

De 1912 a 1919 trabaja en Baeza. En Segovia, hasta 1932, donde colabora con la Universidad Popular y de nuevo Madrid hasta finales del 36 en que el ejército republicano lo instala en Valencia. En abril del 38 pasa a Barcelona y en Enero del 39,  junto a su madre, su hermano José y su cuñada emprenden el camino hacia el exilio francés bien ligero de equipaje. 

Campos de Castilla aparece en la primavera de 1912. Constituye un éxito ya desde el primer momento de su gestación, buena prueba de ello es que recibiera por adelantado trescientas pesetas y que la tirada de la primera edición fuera de dos mil trescientos ejemplares. Ya quisieran los poetas actuales estar en unas condiciones similares. 



En el Patio de la Giralda de Sevilla madura el  limonero.


El poema Retrato ve la luz por vez primera el uno de febrero de 1908 en el diario El Liberal. Por lo tanto el autor es un hombre maduro de treinta y tres años, la edad de Cristo, hace recuento de su vida hasta ese momento y presagia su final. Está instalado en Soria, tiene trabajo estable por vez primera en el Instituto y hace unos meses que siente las mariposas del amor revolotear en sus entrañas. A la fuerza su estado emocional tiene que influir en el poema. Retrato honra, se ajusta como anillo al dedo al contenido del poema. Además de retratar su vida con poesía plena de decideras imágenes literarias, el poeta describe su apariencia física y su personalidad, defiende su concepto de poesía y los poetas. Expresa su respeto a las rutinas, a cumplir con el trabajo que libera y la serenidad del que afronta el final de los finales porque nada debe ni a él le es debido. 

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, 
y un huerto claro donde madura el limonero; 
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla; 
mi historia, algunos casos que recordar no quiero. 

El cuarteto de versos alejandrinos que pone en suerte el poema (catorce sílabas de rima consonante) es un modelo de sencillez de bronce, serenidad cincelada a conciencia porque los primeros versos de todo poema son la carta de presentación, la declaración de intenciones de lo que luego vendrá, y porque son tan puros que parecen salidos de la nada. Imposible abarcar tanto significado con tan pocas palabras. El resumen de todo lo vivido concentrado en cuatro versos que huyen del discurso impostado, versos exentos de cualquier atisbo de retórica afectación, pero cargados de ritmo, de duende andaluz, cadencia y compás. La coordenada espacial bien definida en esa rima tan brillante, puro contraste de tantos sentidos, entre Sevilla y Castilla. Identifica Castilla con Madrid en un tiempo en que la capital del reino pertenecía a Castilla la Nueva. El tiempo hilvanado entre la niñez en una casa noble de vieja raigambre sevillana (dotada de patio y huerto, por supuesto), la juventud alocada de la bohemia madrileña y el misterio de lo que se deja escondido en un rincón del desván de los recuerdos, que nos empuja a descubrirlo. 




Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
 —ya conocéis mi torpe aliño indumentario—, 
más recibí la flecha que me asignó Cupido, 
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario. 

Confiesa que nada tiene en común con la tradición literaria de los malditos donjuanes. Nada que ver con el seductor de vida disoluta, luego arrepentido, don Miguel de Mañara,  ni tampoco con el “feo católico y sentimental”, Marqués de Bradomín. Amó a las mujeres que se dejaron amar. La mirada del poeta no se detiene en banalidades, va más allá de su aspecto astroso y descuidado. “Cenicienta” lo motejaban los alumnos por tener las cenizas del cigarro salpicadas por la ropa. 

De la personalidad de su padre, "Demófilo", amigo de Joaquín Costa“folklorista liberal, anticlerical, francmasón, determinista y abogado excomulgado” (Alejandro Bermúdez Vivas),  recibió en herencia su carácter rebelde, esas gotas de sangre jacobina que le cerraron tantos caminos profesionales y obligó a la familia a mudarse de residencia y a afrontar periodos de penurias económicas. Aunque conoce su doctrina, no es sectario, tampoco doctrinario, sabe debatir: defiende lo suyo y respeta al oponente. Huye de esos hombres de cabeza mediana que embisten contra todo aquello que no les cabe en la cabeza. Con su limpio compromiso a favor de la República, a favor de la democracia, pasó a la historia como un ejemplo de decencia, de buena gente: 

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, 
pero mi verso brota de manantial sereno; 
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, 
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. 



"¿Soy clásico o romántico? No sé"
Monumento a Bécquer en el Parque de María Luisa de Sevilla.

En las tres estrofas siguientes define su concepto de poesía. Sus estudios de francés, dos estancias en París, la amistad con Darío y el estilo de su propio hermano Manuel le han orientado hacia el Modernismo y las corrientes francesas del momento, el Simbolismo, basadas en la aparente sencillez que requiere versos más depurados y limpios. A través de la enseñanza de los mejores maestros encuentra su propia personalidad, su voz poética que se afirma en la pausa:  “A distinguir me paro las voces de los ecos”. Su espíritu tembloroso de rebeldía le guía a desvelar su misterio a la luz del día, le desvía del coro de grillos, gente lunera, que esperan la anochecida para entonar el canto viejo y repetido, molesto y sin gracia como el monótono crack, crack del cascanueces. 

Su herencia es un verso suelto que desentona en los caminos trillados de la poesía. El futuro no existe para el poeta si no es en el verso limpio, trabajado de desnudez que abre nuevas veredas. Le aterra el olvido. Su esperanza de salvación son los versos que le recuerden, como se recuerda la mano que blandió la espada y no la fragua, ni el herrero que la forjara. 

[…]Dejar quisiera 
 mi verso, como deja el capitán su espada: 
 famosa por la mano viril que la blandiera, 
no por el docto oficio del forjador preciada. 

Su poesía surge del diálogo de tú a tú con su otro yo, al arrimo de la lucha de caínes y abeles, de la eterna tensión interior de demonios y arcángeles disecados que nos asalta en cada revuelta. El poeta agradece a la voz interior el camino recto, la llave que abre de par en par la puerta grande del secreto de la bondad y canda el odio para siempre a la “sombra de Caín”. 

Converso con el hombre que siempre va conmigo 
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—; 
mi soliloquio es plática con ese buen amigo 
que me enseñó el secreto de la filantropía. 

Sus escritos han sido fruto de la meditación, de la coherencia y compromiso con la vida. Agradece el trabajo que la dignifica, que te viste y  procura manutención y alojamiento. El poeta puede morir tranquilo, ligero de equipaje como mueren los poetas que nada deben y todo son debido porque legan sus versos, la tierra labrada lista para fructificar en vates y trovadores de generaciones posteriores. También en los poetas y cantautores de la Democracia que descubrieron en su compromiso y fidelidad con la legalidad un símbolo. Convirtieron sus imágenes poéticas en verso claro de un futuro mejor. 

Machado pasa a tinta indeleble su poesía, su retrato interior, las palabras que brotan de su manantial sonoro que no terminan con el último viaje del poeta, sino que acompañan a los vivos. De sus labios salieron dos palabras el día en que la muerte ganó definitivamente la partida,  ya perdida de antemano, apenas un mes después de abandonar España: “Adiós, madre” y en su bolsillo un verso: “Estos día azules y este sol de la infancia”, que hace del futuro que se agota un bucle, un regreso al asombro, al alba de las primeras claridades. 


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

martes, 7 de mayo de 2013

Peor es morirse de hambre




"El anarquismo se consideraba siempre en vísperas de un cambio total, de una revolución completa"

La familia del anarquista el día de su ejecución. Conciencia tranquila. 1897. Óleo sobre lienzo. 310 x 221,5 cm. Museo de Bellas Artes de Asturias. Oviedo.  


Aurora roja. Pío Baroja (6) 

Reaparece don Alonso, El Titiri, viejo amigo titiritero y aventurero de las novelas anteriores, hecho todo un policía de verdad. Antes de llegar a guardián del orden vocea el cinematógrafo del señor Salomón que, a cambio de sus voces, le da vestido y comida regular. Vivía este señor Salomón con su mujer y dos hijas y no era feliz, pues como sentenciaba el Salomón de la biblia: “La mujer es más amarga que la muerte”. En un pueblo camino de Murcia, las fuerzas vivas de la localidad los apedrean y tienen que correr por unos problemas de censura. Lo llevan preso a Madrid y se libra de la cárcel con la condición de hacerse policía y pillar al Bizco que ha vuelto a matar. La víctima ahora es La Galga. Afectado de los males del tifus, muere. Como no tiene padre, ni madre, ni perrito que le ladre, lo tiran a un hoyo “ante la mirada azul, clara y serena del cielo”.  Pero qué mala muerte le da a este personaje tan entrañable don Pío, no se  merece este final.

Existe en Madrid un edificio noble de pasillos trazados a lo largo y amplias galerías que alberga a la vieja dama de los ojos vendados, adusta y severa, ataviada con toga negra y encargada de impartir justicia entre los agraviados y agraviadores de la sociedad, siempre rodeada por un manojo de “curiales, alguaciles, escribanos, relatores, prestamistas, corredoras de alhajas, hombres buenos, abogados de fama y abogados de poyete..., una larga procesión de sacacuartos y escamoteadores” que le quitan la venda de sus ojos de gata para desvirtuar las escrituras del libro de la ley con más interpretaciones que la biblia. 





Baroja ha tallado el personaje del Bizco como si fuera la personificación del mal, dotado de una porción de comportamientos y cualidades negativas, a cual peor, a lo largo de la trilogía. De más malo que un dolor, o peor que la carne el pescuezo lo hemos calificado. Una vez detenido, juzgado y a la espera en el corredor de la muerte, confinado en la soledad de las últimas horas, lo redime. A instancias de Juan, Manuel va a visitar al Bizco humanizado. A pesar de no mostrar ni un asomo de arrepentimiento en sus entrañas, le dota de la potestad de pensar y de sentir gran tristeza, una enorme tristeza, lo cual lo diferencia de los animales. “La vagancia había sido para su alma como una hemorragia del espíritu. Su poca inteligencia se había esparcido en las cosas como se esparce el perfume en el aire”. Solo le pide que no le hagan daño en el viaje final. En cumplimiento del último deseo del condenado, varios componentes del grupo de la taberna del Chaparro van a visitar a uno de los sacerdotes del patíbulo, verdugo oficial del reino. Cuenta con catorce o quince ejecuciones a la espalda, un oficio mardesío que tiene que pagar los arreos propios de la faena del ajusticiamiento: “Estas correas las he tenío que pagar yo” - se lamenta el verdugo. Un oficio que “er malo pero peó e morirse de jambre”. Confiesa con la pesadumbre e impotencia del que ha probado la mar de oficios para nada: “He sío sordao en Cuba durante muchos años; he sío herraor, barbero, carretero, vendeor de juguetes..., ¿y qué?, no podía viví”. El ejecutor de sentencias de Francia está mejor considerado (seguro que también tiene más guillotinas que afilar), dispone de treinta mil reales de jornal y le queda una buena jubilasión. El corazón de Pío Baroja desborda ternura para describir a los desheredados, el oficio de verdugo. Le da voz a los seres más marginales y arrinconados de la sociedad, desbroza una senda que después seguirán Luis Berlanga (1963) y Basilio Martín Patino (1977) en el cine. El verdugo es el administrador de la justicia, la espada justiciera del derecho, el brazo tonto de la ley, cuando la pena a aplicar es la máxima. Por similar motivo se había apiadado antes de Jesús y del señor Canuto, y de su afición a profanar tumbas de cementerios abandonados. 

Morales resulta ser un buen gestor de la imprenta. Con buen criterio empresarial se le ocurre que un encuadernador al pie de casa le vendría bien al negocio, ello le atraería clientela y ahorrarían trabajo y gastos de transporte. Manuel está de acuerdo con la sugerencia y se dirige a casa de Jacob a proponerle el negocio. Este viejo conocido es un negociante duro de pelar. Va a lo suyo, llora y se queja para conseguir las mejores condiciones. No le interesan las discusiones de política, son cosas de otra raza, de otra religión, pero acepta el desafío y se instala. 




 "Ya no me importaría ser golfo, no tener dinero; habiendo leído la Historia de la Revolución Francesa, creo que sabría ser digno...".

Manuel abandona la tertulia de la taberna del Chaparro, más que nada porque El Bolo, zapatero de portal, bajito, rechoncho, muy feo y afectado por una leve cojera, le presta La Historia de la Revolución Francesa de Jules Michelet y se engolfa en la lectura de los miles y miles de páginas reunidas en siete tomos. El Bolo es un republicano desencantado que odia a los socialistas porque, a su parecer, le han robado la base obrera a su partido. Ahora es ácrata, agradecido por el apoyo y  respeto que prestan  a Pi y Margall. Pero la discusión política en serio es la que traen entre manos Morales y Juan. Morales es un socialista leído que cree que la lucha de clases es el motor de la historia y el artífice del progreso. Juan, en cambio, alega que el progreso se produce como consecuencia de la victoria de la rebeldía contra la autoridad. Afirma sin complejos: “La autoridad era todo lo malo; la rebeldía, todo lo bueno; la autoridad, era la imposición, la ley, la fórmula, el dogma, la restricción; la rebeldía era el amor, la libre inclinación, la simpatía, el altruismo, la bondad...” 

Ante la hondura de los razonamientos de uno y otro, Manuel escucha y se inclina por una postura práctica de eclecticismo. Por un lado, no le agradan los que pretenden convertir el mundo en un hormiguero de funcionarios, pero tampoco le parece de recibo el todo o nada postulado por los ácratas. Esperar la revolución como el “santo advenimiento, como un maná, como una cosa que vendría sin esfuerzos pesados y molestos” es una quimera. El mismo radicalismo extremo fatiga a la larga. El resultado final es un dogmatismo como otro cualquiera. Las discusiones solían terminar como el rosario de la aurora, como terminan todas las quimeras en las que el odio por el otro predomina; tildando a los contrarios de imbéciles locos que hay que sanar, o recomendando lecturas que curan del fanatismo que te acosa o recordando el paso por el ministerio correspondiente para cobrar el precio de la traición, creyéndose todos apóstoles, seres superiores. (Qué curioso que hace más de un siglo ya se desbarrara tanto como  ahora, o más). 

Impresionante documento dirigido por Basilio Martín Patino. En 1977 aún quedaban estos ejecutores de sentencias: 






Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.