CAPÍTULO 2.30
Empapados por el caudal del Ebro que les llegaba hasta los huesos y hasta el alma de S cada vez que tenía que llegar al caudal del dinero, se apartaron del gran río ensimismados; DQ en sus amores y S en su ambición incurable que la presume poco menos que inalcanzable. Rumiaba abandonar a su amo, no le aguanta una locura más, menos pasada por agua. Con lo cual tenemos enunciados sutilmente, desde el primer párrafo, los contenidos temáticos que se van a desarrollar a lo largo del capítulo: la belleza de los amores de DQ y del Duque y el acrecentamiento del escudero, no exento de algún contratiempo.
Una cierta sensación de lástima por nuestros héroes recorre el relato. Sorprende la facilidad con la que caen en el engaño de los señores que quieren utilizarlos de entretenimiento, como bufones que hacen reír. Todo ello produce una cierta tristeza en el lector, que a estas alturas de la obra ya conoce el modus operandi del autor y le ha cogido cariño a los protagonistas. Sin embargo, la aparición de estos Duques le da nuevos aires a la novela; además de apaciguar a la pareja hacen que la novela avance: de momento consiguen que de un S casi mudo pasemos a un charlatán a ojos de DQ y regocijo de

Con el sol ya puesto y dispuesto para diferenciar las cosas, el Caballero Andante columbró una gente que la distancia empequeñecía; allegándose, pudo distinguir a una bella dama de verde con un azor en su mano izquierda, entre un grupo de cetreros. Allí manda a S a por licencia para presentarse ante ellos, no sin antes advertirle de cómo debe comportarse ante señora de tan alta alcurnia.
Ella se muestra encantada de recibir al Caballero de los Leones, caballero que ya conoce por sus lecturas. S le informa que el que tiene delante es Sancho Panza, el escudero de tan famoso señor, éste vuelve a su amo con la embajada. Tanto le complacieron a DQ los rústicos términos que empleó S en su expresión que “se gallardeó en la silla, púsose bien en los estribos, acomodóse la visera, arremetió a Rocinante, y con gentil denuedo fue a besar las manos a la duquesa”.
Cuando más felices se las prometían, a un enganchón con la cincha de la albarda que da con S de bruces en el suelo, le sucede la caída a plomo de DQ, confiado como estaba de la lealtad de S a la hora de ponerle el pie en el estribo. Desde el suelo maldice a su escudero: “Mi escudero, que Dios maldiga, mejor desata la lengua para decir malicias que ata y cincha una silla para que esté firme”. Suceden alabanzas mutuas de la belleza de la señora del Duque, allí presente, y de Dulcinea ausente, pero valorada en su justa medida por S.
La duquesa, valedora de S, lo justifica y anima a que no se recate a la hora de hablar, como le demanda su amo: “de que Sancho el bueno sea gracioso lo estimo yo en mucho, porque es señal que es discreto”. También el Duque sentencia: “porque muchas gracias no se pueden decir con pocas palabras”. A DQ no le queda más remedio que observar el “acrecentamiento” de S ante tanto apoyo externo al escudero.

Nicolás González lo dibujó
A requerimiento de
FELIZ AÑO A TODOS LOS QUE HASTA AQUÍ CON LA LECTURA LLEGUEN.
Este comentario pertenece al grupo de lectura del Quijote que coordina y dirige desde La Acequia el profesor D Pedro Ojeda Escudero y si no ha sido publicado en la misma, lo será próximamente, visto el día y la hora que es.















